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Pregón pronunciado por Don Fernando Muñoz Pérez
Centro Cultural Federico García Lorca
16 de marzo del año 2002

"Donde haya dos o tres reunidos en mi nombre, yo estaré allí, junto a ellos" (Mt. 18,20).

Sean, pues, estas mis primeras palabras, pronunciadas desde el más profundo convencimiento, nacido de la fe en Jesucristo, que es Señor, y que comparto con todos vosotros. Convencidos de su presencia real y viva entre nosotros, os invito a compartir con gozo unos minutos de reflexión, que es otra manera de orar, sobre el misterio cristiano que encierra la esencia más honda y verdadera del sentido del mundo, de la historia y del hombre: la salvación universal de Dios en Cristo Jesús, muerto y resucitado. No podría ser de otra manera, si queremos ser consecuentes y honestos cuantos nos encontramos aquí, en esta asamblea nacida de una misma fe en Cristo y hermanados por el amor compartido en su Persona. Cualquier otra interpretación que pudiera darse a este acto, además de injusta, falsearía nuestras conciencias cristianas y pondría en entredicho la verdad de nuestra fidelidad en el seguimiento del Señor. Ponga Él en mi boca la plenitud de la palabra, hágame Él capaz de descubriros su cercanía y vivamos todos su presencia liberadora, desde la alegría de la fe.

SALUDOS.

Son muchos y muy dignos de nuestro respeto y estima los hermanos que me han precedido en esta tribuna, para compartir con vosotros, desde la fe, sus vivencias de la Semana Santa de El Padul. Más y mejores conocedores que yo de la historia y evolución que, a lo largo del tiempo, ha ido experimentando la celebración de estos sagrados misterios, pudieron ellos ilustraros sobre muchos e importantes aspectos, dignos de tenerse en cuenta, tanto para el enriquecimiento de nuestros ritos, como para una mejor y más profunda comprensión del misterio que conmemoramos. Conscientemente, pues, no me adentraré en ese campo, aunque no rehuyo la posibilidad de hacerme algunas preguntas, a fin de que todos juntos podamos encontrar respuestas desde nuestra conciencia creyente.

Muchos de los que superamos ya el medio siglo de nuestra existencia y que vivimos la Semana Santa de El Padul tal como ahora la celebramos, al volver los ojos al pasado, no podemos evitar un cierto asombro, cuando no, posiblemente, un profundo desconcierto. Los que se asombran tienen, sin duda, una respuesta fácil: todo se explicaría desde esa perspectiva de la evolución de las costumbres, que va de par con la facilidad de medios de todo tipo y que la sociedad moderna nos trae. La lectura que éstos hacen de la profunda transformación que ha experimentado la Semana Santa de El Padul viene dada desde una especie de "falsificación" de la propia conciencia cristiana, consistente en desplazar la fe religiosa y poner en su lugar el puro elemento estético-cultural. Esta lectura es, cuando menos, superficial e incompleta.

Quienes así piensan e, incluso, defienden con brío la transformación de nuestra Semana Santa, no han sabido, o no han podido aún integrar el elemento cultural en su conciencia religiosa, sin que ésta sufra detrimento, salvaguardando lo esencial, el núcleo de la vivencia de la fe en Cristo, muerto y resucitado y su expresión según los modos de nuestra cultura.

¿Y qué decir de aquellos otros que ven desconcertados desaparecer elementos que constituían parte importante de su experiencia religiosa: ese halo de misterio que impregnaba la vida de todo el pueblo, desde el inicio de la cuaresma al domingo de resurrección y que los llevaba al cumplimiento del precepto de confesar al menos una vez por Pascua Florida? ¿Dónde está aquel silencio temerosamente recogido del entierro de Cristo, el Viernes Santo? ¿En qué ha quedado aquella asistencia masiva de hombres y mujeres que llenaban el templo parroquial los días del triduo pascual? ¿Por qué ya no se dice el sermón de las siete palabras? ¿Qué sentido tienen ya nuestros ritos, si han dejado de ser celebración y sólo son ya fiesta? ¿Dónde está la procesión del silencio que sacábamos el Jueves Santo, por la tarde, y a la que todos acudíamos con un nudo en la garganta, esperando oír aquello de "sígueme y verás...", que desgranaba con extremado realismo los tormentos de la pasión del Señor y nos preparaba para contemplar el día siguiente, Viernes Santo, la muerte de Jesús? La noche de ese día, uno tenía la sensación de estar viviendo en propia carne la muerte de Dios, a medida que las imágenes desfilaban ante nosotros, con absoluta sencillez: sobre carrillos de ruedas, en penitente silencio, sólo roto por el desgarro de una voz que canta una saeta, sin aplausos, pues estamos de duelo....

Quienes así piensan no pueden evitar el desconcierto ante la algarabía que rodea ahora la Semana Santa de nuestro pueblo: el misterio se ha roto definitivamente. La muerte del Señor es pura ficción escenificada. La pasión dolorosa de Cristo es estéticamente dulcificada, hasta el punto de perder su verdadero sentido de conmemoración de la Redención y convertirse en atractivo espectáculo de masas, rivalizando entre sí las distintas familias cofrades en tronos, ropas y bandas de música. Y, cómo no, en ver quiénes son los que mejor mecen el paso.

Estos que así piensan, a mi entender, también se equivocan, pues tampoco han sabido armonizar en su conciencia cristiana lo verdaderamente esencial de la fe y su inevitable expresión según la evolución de la sociedad y su cultura.

Es, pues, hora de plantearnos en su verdadera dimensión este fenómeno socio-religioso, sin complejos y sin miedos. Con valentía. Seguros de no correr ningún riesgo respecto a la pureza de nuestra fe, cuando lo vivimos plenamente y así lo expresamos desde nuestra propia manera de ser, sentir y pensar.

La cultura es elemento esencial y constitutivo del ser humano. Naturaleza humana y cultura se hayan íntimamente unidas. Esto indica que el desarrollo de la persona humana y de todo grupo humano, encuentra su expresión en la cultura. Incluso las diferencias que encontramos entre individuos y pueblos pueden y deben ser explicadas desde las culturas que los sustentan. La evolución de la humanidad se explica históricamente a partir de la evolución de las culturas, de tal manera que los comportamientos sociales de cualquier momento o época histórica sólo son comprensibles desde la cultura que los produce. Los modos de vida actuales, nuestros propios comportamientos sociales, requieren ser interpretados desde nuestra propia cultura.

Esta afirmación que hago viene avalada por el conjunto del saber moderno, desde las ciencias naturales a las ciencias humanas. Hoy en día, para poder interpretar correctamente un determinado comportamiento humano, hay que hacerlo teniendo en cuenta la complejidad de factores que intervienen en él y que, de alguna manera, lo definen y lo explican. Entre dichos factores debemos mencionar los antropológicos, los sociológicos y los sicológicos que, por sus manifestaciones más espontáneas, son más visibles que los puramente críticos o asépticamente racionales. Son, además, los que con mayor facilidad entran a formar parte integrante del patrimonio cultural de los distintos pueblos: lo que vulgarmente llamamos cultura de masas.

Pero entiéndase esta expresión en sentido positivo: como manifestación y vivencia del sentimiento hondo de los pueblos. Vivimos un momento excepcionalmente rico en la toma de conciencia de que la cultura es medio de expresión del sentir y del pensar de los hombres de todos los tiempos. Hoy son muchos los que se ven llamados, ya sea como individuos concretos dentro de su comunidad, ya sea como grupo, a mantener, fomentar o crear formas de cultura que den vida propia a los pueblos.

Y siendo esta llamada personal, o grupal, consecuencia de la propia naturaleza humana, creada por Dios a su imagen y semejanza (Gén. 1,27), debemos concluir que aquellos que sienten la necesidad de hacer o crear cultura obedecen a una vocación divina. Dicho de otra manera: la fe cristiana necesita ser antropológicamente asimilada, encarnada en la propia cultura de la comunidad que la recibe, para su mejor vivencia. El cristiano tiene que ser consciente de que su acción, en cualquiera de los órdenes de la realidad, es una acción transformadora del mundo (Gén. 1,28). De un mundo siempre en tensión hacia la Ciudad Celeste (Col. 3,1-2).

En nada, pues, se contradicen fe y cultura. Antes al contrario, la cultura puede y debe ser vehículo apropiado para la vivencia de la fe. El arte, en sus diversas manifestaciones, puede y debe ser expresión del sentimiento religioso de los pueblos, porque la Sabiduría se señorea también entre los hombres, desde la contemplación de la belleza (Prov. 8,30-31). El cristiano puede elevarse al conocimiento y contemplación de Dios a partir de la actitud estética frente al mundo, pues el Verbo de Dios es Luz que ilumina a toda conciencia que se abre a la contemplación de la belleza del mundo creado (Jn. 1,9).

Ahora comprendemos mejor por qué decíamos que el puro asombro estético ante la evolución de nuestra Semana Santa, o el puro desconcierto ante la aparente ruptura del misterio que antes vivíamos y el consiguiente riesgo de folklorizar nuestras celebraciones eran, ambas posturas de la conciencia, falsas por incompletas. Mirad, si no, cómo se revela Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento: la revelación de Dios es un proceso dinámico, en el que entran en juego los diversos elementos que constituyen la cultura de aquel pueblo y sus diversos niveles de desarrollo. Dios, por así decir, se adapta a estos condicionantes humanos para poder darse a conocer. Y el mismo Cristo, Dios revelado en nuestra carne, se da a conocer al mundo como Hijo de Dios a partir de las categorías culturales de su tiempo. La misión evangelizadora de la Iglesia es un continuo expresar el mensaje de salvación revelado por Dios en Cristo, único e inmutable, adaptando su comprensión a las categorías culturales de los hombres y de los pueblos, a través del mundo y las diversas épocas de la historia, restaurando, desde dentro, las cualidades espirituales de todo hombre (Ef. 1,10) y reconociendo la autonomía de la cultura humana y su libre expresión, siempre que los diversos valores culturales de los pueblos sean debidamente integrados en la dignidad de la persona humana, imagen de Dios y miembro de Cristo.

Para pronunciar un juicio de valor sobre la manera de celebrar la Semana santa de nuestro pueblo, común con el sentir de todo el pueblo andaluz, hay que hacerlo desde el más absoluto respeto a la cultura popular, íntimamente conexionada con la tradición de nuestra iglesia local y en comunión con la verdad de Cristo, Señor y cabeza de toda la Iglesia y Pueblo de Dios. El Padul, al igual que todo el pueblo andaluz, tiene derecho a vivir y a expresar su sentimiento de fe en Cristo a partir de nuestra propia cultura. Y así lo entiende la Iglesia, como ya lo expresara el Papa Juan XXIII en Pacem in Terris respecto al derecho que tienen las minorías a conservar y proteger su cultura y no sólo ya desde el ámbito de lo civil, sino trasladándolo ahora al campo de lo eclesial. La única exigencia por parte de la Iglesia, responsable del don divino de la Revelación de Dios en Cristo, consiste en que esas manifestaciones populares de la fe se hagan desde la verdad del contenido de la fe cristiana y en comunión con la comunidad eclesial. Pues Cristo nos ha sido dado a todos por el Padre como herencia

Hay quienes tratan de folklóricos a los andaluces, y por tanto a nosotros mismos, por esa manera tan nuestra de expresar el sentimiento religioso y nos acusan de no saber distinguir en nuestras manifestaciones populares lo profano y lo sagrado; si queréis, por hacerlo más gráfico, el carnaval y nuestras procesiones.

Quienes así piensan del pueblo andaluz cometen varios errores, todos ellos fruto de la ignorancia sobre nuestra realidad. Desconocen, por supuesto, nuestra cultura, con todo lo que ello conlleva de significación de nuestro ser profundo. Pero sobre todo, tienen un concepto equivocado de lo que es el andaluz como hombre que se relaciona con Dios. El andaluz, como el hebreo, conoce a Dios y se relaciona con Él a través de todos los sentidos. El cuerpo es para nosotros medio de acceso a la divinidad. Que nadie se escandalice. Quien no entienda esto, no podrá comprender nuestra manera de celebrar la Semana Santa. Es cierto que nuestras procesiones son un derroche de sensibilidad, una fiesta de todos los sentidos: color, luz, aromas, música, flores, poesía viva en desfile procesional, bellísimas imágenes dulcemente mecidas con exquisito gusto y ternura por anónimos costaleros y costaleras bajo los tronos, alegría y llanto; incluso una cierta rabia contenida de ver cómo siendo inocente Jesús es condenado. Y el corazón estalla en multitud de sentimientos, pues no hay razón que pueda explicar la hondura de la fe.

Sólo seremos comprendidos por quienes mediten la Palabra revelada en el silencio de su corazón. Sólo ellos sabrán entender cómo a través del cuerpo, de los sentidos, podemos llegar a Dios. No hay otro camino, humanamente hablando. Dios mismo tuvo necesidad del cuerpo para darse a conocer personalmente a los hombres: "El Verbo se hizo carne..." (Jn. 1,14). A través de los sentidos es posible trascenderse y vivenciar la presencia de Dios en el hombre. El místico San Juan de la Cruz expresa así su deseo de presencializar, incluso físicamente, al Señor: "Véante mis ojos / dulce Jesús bueno / véante mis ojos / muérame yo luego". El ciego de Jericó grita a Jesús: "Señor, que vea" y Jesús le abre los ojos del cuerpo y, a través de esa luz, también ilumina su alma (Lc. 18,41-42). El ojo es la luz del corazón (Mt. 6,22). Y viendo la gloria del Señor transfigurado, Pedro sugiere a Jesús: quedémonos aquí, pues hemos visto tu gloria (Mt. 17,1-8). Al ser bautizado por Juan, Jesús, la revelación del Dios invisible se hace a través del oído y de la vista: Éste es mi Hijo... Dios habla y su palabra es oída. Y el Espíritu vino sobre Él en forma de paloma (Mt. 3,13-17). En el salmo 150 es toda una orquesta la que toca para el Señor.

"Qué amores son éstos, Dios, / daros hoy en vino y pan, / mirad, Señor, que dirán / que de amor salis de Vos". Dios se da a conocer a través del gusto. El episodio sucede durante una boda, en Caná . María, la madre de Jesús, se da cuenta de que falta el vino y, de alguna manera, fuerza la manifestación del poder divino de Jesús. Al probar el vino, sin saber su procedencia, el paladar del experto descubre su bondad (Jn. 2). Pero el colmo de esa especie de locura de amor divino se produce en la última cena de pascua, cuando, estando a la mesa con sus discípulos, Jesús toma el pan y la copa con vino y los da a sus amigos diciendo: comed, bebed, esto es mi cuerpo, esta es mi sangre (Mc. 14,22-25). Dios no sólo se hace carne, sino que, además, se hace alimento para el hombre. Así es el amor de Dios llevado al límite. "Gustad y ved qué bueno es el Señor" (Salmo 33).

Preludiando su muerte, siguiendo la costumbre de la cultura judía de ungir a sus muertos, Jesús se deja hacerlo en vida. En esta escena se mezclan el sentimiento del alma arrepentida de sus culpas, el amor de Dios que siempre perdona y los sentidos: los ojos que contemplan, las manos que tocan, y el perfume que inunda todo el ser (Mc. 14,3). "Suba mi oración como incienso en tu presencia" (Salmo 140).

Hay un pasaje en el evangelio que me llama particularmente la atención, referido al sentido del tacto, no sólo al nuestro, sino al de Jesús mismo. Una mujer sufre una enfermedad que le hace sangrar. No encuentra remedio a su mal. Pero supo que Jesús, que pasaba por allí, hacía curaciones maravillosas. Ella pensó que podría ser curada por Jesús. Tuvo fe. Pero su fe, como casi siempre la nuestra, necesitaba plasmarse en un gesto, materializarse: si yo toco a Jesús, se decía a sí misma, aunque sólo sea el borde de su manto, seguro que quedo sanada. Y así lo hizo. Y Jesús sintió, desde su propio sentido del tacto, que de Él salió una fuerza divina curativa. Fe de la mujer, amor y perdón de Dios, curación del cuerpo y salvación de la persona, todo ello dado, canalizado, a través de un sentido, el tacto.

¿Quién se atreverá a condenar el cuerpo, sabiendo que es medio divino, pues Dios se hizo carne humana? ¿Cómo ignorar que nuestros sentidos son canales de comunicación con Dios, si tan sólo nos dejamos llenar de la plenitud divina que ellos nos traen? ¿Cómo no admitir que a través de la actitud estética el ser humano es capaz de abrirse, más aún, de trascenderse y vivenciar en sí mismo a Dios?

Creo sinceramente que la Semana Santa de El Padul, como en el resto de Andalucía, tiene un sentido mucho más hondo, mucho más religioso y mucho más teológico de lo que muchos piensan. La evolución llevada a cabo en la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor no es explicable desde la sola perspectiva sociocultural, como un acontecimiento de puro folklore, de los que con tanto arte y sentido de la vida saben expresar los andaluces. Para este pueblo el arte es oración, la música plegaria, la saeta un romperse el corazón de amor, procesionar nuestros pasos un verdadero abrazo de todos los sentidos con el Dios encarnado. Y vivir, en lo más íntimo de nuestro ser, el verdadero sentido de nuestra existencia: sabernos, en Cristo, hijos del Padre, que es Dios Amor.

La Semana Santa de El Padul es una rememoración del hecho histórico-salvífico de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Dos aspectos importantes de este hecho debemos considerar. En primer lugar, las causas histórico-religioso-políticas que provocaron la condena a muerte y posterior ejecución en la cruz de Jesús. Y en segundo lugar, el sentido original y último de esa muerte y posterior resurrección del Señor.

Durante mucho tiempo se pensó que la muerte de Jesús fue dictada por Dios Padre, sin posible apelación. Jesús aparecía como víctima del Padre, un dios sediento de venganza por los pecados de los hombres que, para resarcirse, no tiene otro camino que inmolar a su propio hijo. Por dar sentido a la muerte de Jesús, se hizo del Padre un dios sanguinario.

Una verdadera conciencia cristiana no puede admitir esta visión de sadomasoquismo religioso. Jesús muere como consecuencia de su propia vida: por lo que hizo y por lo que dijo. Su muerte, entonces, ni fue querida por Dios Padre, y mucho menos impuesta tal como sucedió y, por supuesto, tampoco fue deseada por Jesús. Sólo fue aceptada como consecuencia lógica de una actitud absolutamente coherente, la de Jesús, cara a una misión a cumplir: la predicación del Reino de Dios. Esa misión conlleva un gravísimo riesgo, al poner en entredicho, o claramente atacar, el orden político-religioso establecido.

Jesús no sólo tiene conciencia de la libertad, sino que la vive hasta el extremo, hasta provocar el escándalo de muchos. Esta actitud de Jesús se plasma en su aparente oposición a la Ley. No que estuviera radicalmente en contra, pero sí se sentía liberado de la Ley. ¿En qué sentido? Jesús respeta la Ley de Moisés, como todo buen judío, pero rechaza las interpretaciones leguleyas que los judíos hacían y las esclavitudes que de ella extraían: el sábado se hizo para el hombre, no al revés. Y añade que Él es superior al sábado (Mc. 2,27-28). Tampoco guarda Jesús las prescripciones sobre el ayuno y se permite dispensar públicamente de tales deberes legales a sus discípulos (Mc. 2,18-20), al igual que sobre las abluciones antes de las comidas (Mc. 7,1-13). Más aún, Jesús se permite criticar a Moisés por haber sido tan débil y condescendiente con las flaquezas de los judíos. Y llega a afirmar sin rodeos que Moisés escribe la Ley pensando en El, en Jesús (Jn. 5,46) y en el valor que la Ley debe tener para todo hombre y no sólo para el judío (Rom. 2). La Ley mosaica no tiene en cuenta la naturaleza original del hombre, que Jesús afirma conocer (Mc. 10,6).

Cuando Jesús se opone a los preceptos de la Ley tal como la interpretan los judíos, no lo hace como representante de una supuesta o imaginaria oposición, sino desde su propia autoridad personal. Así aparece en la contraposición que Él establece en el discurso sobre las bienaventuranzas, tal como lo transmite Mateo, capítulo 5º, confirmado por Pablo en sus cartas a los Romanos (7,7; 3,31) y a los Gálatas (3,21). Quienes escuchaban a Jesús comprendían que hablaba con autoridad propia (Mt. 7,28) y no como un simple rabino. Y posiblemente comprendieron que la oposición que Jesús establecía entre su mandato y el de la Ley mosaica entrañaba mayor dificultad, pues Jesús no se refiere al hacer, sino al ser: se os dijo que hicierais tales cosas, Yo os digo que seáis perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Con esto, Jesús indica que Él conoce bien al Padre y sabe cómo quiere el Padre que sean los hombres.. De ahí le viene su autoridad al enseñar (Mt. 5,48). Los discípulos de Jesús comprenden que la oposición del Maestro a la Ley no es una actitud demagógica, sino que entraña mayor dificultad que el puro cumplimiento material de los preceptos de la Torá, hasta el punto de preguntarse quién podrá entonces salvarse (Mt. 10,26). Tampoco comprendieron ellos que la clave para entender la doctrina y la vida del Maestro es el amor: un amor que es más y vale más que la misma Ley (Jn. 13,34). Jesús es lo opuesto a la Ley. La salvación viene del lado de Jesús, no de la Ley. Esta radicalidad que Jesús exige en el seguimiento de su Persona escandaliza al judío. Pero Jesús insiste: quien se avergüence de mí, mi Padre se avergonzará de él (Mc. 8,38).

Esta actitud de oposición entre Jesús y la Ley se da también respecto a la figura del Templo. Tengamos presente que al oponerse Jesús al Templo está atacando directamente el centro del poder religioso, político y económico del pueblo judío. La historicidad de la escena de Jesús expulsando violentamente a los mercaderes del Templo no admite duda. La encontramos en los sinópticos una semana antes de la pasión y en Juan al principio de la vida pública de Jesús. Lo importante es el mensaje que encierra. Jesús contrapone el Templo de Jerusalem, con todo lo que eso supone de simbolismo y de poder real, al nuevo Templo de Dios que es su propio Cuerpo. Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero y único templo de Dios. La actitud violenta de Jesús cabe entenderla en relación con la profanación de su Persona, que toda incredulidad a su mensaje supone. El Templo de Jerusalem es el centro de la fe judía, porque es la morada de Yavé. Pero su verdadero significado consiste en prefigurar a Jesús, verdadero Templo de Dios. La profanación del Templo por los mercaderes, Jesús la ve como una profanación de Dios mismo que habita en su propia Persona (Mc.13,2) : no quedará de este Templo piedra sobre piedra. Y no sólo del Templo de Jerusalem. Hay que entender que Jesús se refiere al templo de su propio cuerpo que será destruido por la muerte en cruz (Mc.15,29; Mt. 27,39). La destrucción física y espiritual del Templo se imponía como preludio de la propia destrucción de Jesús, a fin de levantar definitivamente el nuevo Templo de Dios, Jesús resucitado (Mt. 12,6). Por así entenderlo y así predicarlo pronto moriría Esteban (Hechos 6,14).

Pero hay, además, en este episodio de la vida de Jesús un detalle que no pudo pasar desapercibido para los judíos entendidos en la Sagrada Escritura: me refiero al paralelismo que se desprende de las palabras y gestos de Jesús y aquello que ya profetizaron sobre el Templo Isaías (56,7) y Jeremías (7,11). Los doctores de la Ley tuvieron que interpretar a Jesús así: el nuevo Templo es la justicia, la superación de las divisiones sociales, Jesús suprime la mediación del Templo entre el pueblo y Dios y se pone a sí mismo como única y verdadera mediación entre todos los hombres y Dios. Y tenían razón los doctores al pensar así de las intenciones de Jesús. El evangelista Juan, (2,19), verá que ese Templo nuevo de Dios, nacido de Cristo muerto y resucitado, es la nueva humanidad.

Las autoridades religiosas de los judíos contemplan alarmados las continuas provocaciones de Jesús. Ha roto con los símbolos más sagrados de la religión y se comporta de manera autónoma respecto a la Ley mosaica. Ahora lo observamos rodeado de publicanos, samaritanos, prostitutas, leprosos, todos ellos excluidos de la sociedad por la Ley de Moisés. ¿Qué pensar de un hombre que, a pesar de su fuerte atractivo para cautivar a las masas, se pone del lado de lo más débil e inútil socialmente hablando, las viudas, los niños, los ignorantes, los gentiles, los enfermos, los marginados social y moralmente, es decir, los pobres y los pecadores, tal como los entendía Isaías, capítulo 61?

Jesús se caracteriza por su opción por los marginados (Mt. 11,4). Su conducta nos indica la necesidad de superar radicalmente toda marginación y discriminación entre los hombres, sea cual fuere su origen. Todos somos iguales ante Dios.

No cabe duda de que el juicio moral que Jesús hace sobre el hombre y sobre la historia causa perplejidad y preocupación entre los poderosos y crea una grave situación de conflictividad religiosa y social. Jesús no la rehuye. El que vino en son de paz trae la guerra, porque la paz que se sustenta en el mantenimiento de la injusticia no es verdadera (Lc. 13,25-28; 14,12; Mt. 7,21-23).

A este rompedor de normas que es Jesús, al que difícilmente se le puede acusar de ser cabecilla de ninguna oposición económico-política, tipo zelote, por ejemplo, pero cuyas obras y palabras entrañan todos los riesgos imaginables contra el orden establecido, sólo le falta dar un paso más, el más atrevido, el que todos esperan que de con absoluta claridad, a fin de poder procesarlo y darle muerte. En el fondo, ese era el problema, darle muerte. Bien lo entendió así el sumo sacerdote Caifás al decir que era necesario que un hombre muriera por el pueblo (Jn. 18,14). No tardará Jesús en dar ese paso.

Cuando Jesús enseña, todos los que escuchan su doctrina tienen la convicción de que Jesús habla desde Dios, desde el conocimiento directo de Dios. Jesús no interpreta la Escritura. Jesús desvela el sentido verdadero y último de la revelación de Dios en la Escritura. Más aún, no duda en afirmar que Él es ese sentido oculto de la Escritura, que en Él se cumplen todas las promesas (Lc. 4,21). Cuando Jesús se dirige a Dios lo llama cariñosamente Padre (Abba), en contraposición a vuestro Padre que está en el cielo, cuando se trata de la filiación adoptiva que Él nos trae. Jesús tiene conciencia de ser Hijo de Dios. Quienes escucharon la parábola de los viñadores homicidas así debieron entenderlo (Mt. 21,38). Y por si alguien dudaba, interrogado Jesús por su personalidad, responde con absoluta claridad: el Padre y Yo somos uno (Jn. 10,30). Preguntado Pedro por Jesús sobre la opinión que de Él tenía el pueblo y el mismo Pedro, éste responde sin vacilar, "Señor, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt. 16,16). Durante el proceso religioso seguido contra Jesús, Caifás le pregunta: "Dinos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios". La respuesta afirmativa de Jesús sería ya definitiva para sentenciarlo a muerte (Mt. 26,63-66). Todas las demás acusaciones de perturbador del orden público y de enemigo de los romanos serán pura argucia para conseguir su procesamiento y condena a muerte de cruz por la autoridad civil. Bien convencido de la falsedad de esas acusaciones parecía estar Pilato, cuando declara que no encuentra en Jesús delito alguno que lo haga merecedor de la muerte en cruz (Mt. 27,18; Jn. 18,38).

A lo largo de su corta vida pública, Jesús anuncia varias veces la posibilidad de su muerte violenta. No cabe duda de que Él tiene conciencia de que su muerte será consecuencia de su compromiso de vida. Cuando ésta acontece, el problema ya no es de Jesús, sino nuestro. Con la muerte de Jesús quedamos como sumergidos en el absurdo, en el sin sentido de la vida, en el hiriente silencio de Dios. El fracaso de Cristo en la cruz es nuestro propio fracaso, pues hemos tomado conciencia de nuestra radical orfandad. Creímos en un Rey sin reino y cuyo trono es la cruz. Nos fiamos de un Hijo de Dios al que Dios mismo ha abandonado (Mc. 15,34). Pusimos nuestra esperanza en un libertador que, finalmente, nos ha dejado más esclavos de lo que ya éramos, pues si Jesús dijo que era Dios y ha muerto en la cruz, Dios mismo ha muerto para la conciencia humana. Con la muerte de Jesús muere toda esperanza y sólo nos queda la amargura del fracaso, el de Jesús y el nuestro, y soportar una existencia sin salida, sin salvación posible.

En medio de este panorama tan desolador, un rayo de esperanza aparece: la confesión de la divinidad de Jesús por el centurión que custodia su ejecución, un no judío precisamente, para que el sentido de universalidad de la muerte de Jesús sea aún más evidente: "verdaderamente éste era Hijo de Dios" (Mc. 15,39).

El realismo trágico de la narración de Marcos contrasta con la delicadeza teológica de la narración de Juan. Marcos trata de describir la realidad. Juan trata de darnos el sentido verdadero y último de esa realidad: todo lo ocurrido obedece a un plan previo de salvación universal que Jesús asume voluntariamente. La aparente humanidad rota de Cristo en Marcos, se reviste de grandeza, poder y divinidad en Juan: ante el "Yo soy" de Jesús en el Huerto de los Olivos, los soldados caen por tierra (Jn. 18,5); Pilato lo juzga sentado en su trono real (Jn. 19,13); en la cruz, Cristo es exaltado como Rey (Jn. 19,17-22). Para Juan la muerte de Jesús es la muerte del Hijo de Dios. Nada de lo ocurrido le estaba oculto a Jesús. Jesús lo aceptó de antemano, como consecuencia lógica de su vida y su palabra, de su compromiso de realizar la salvación de la humanidad. No existe, pues, fracaso donde hay plena conciencia, libre voluntad y absoluta aceptación de los acontecimientos. La dignidad de Jesús está en su actitud de absoluta coherencia, que le hace, incluso, aceptar la muerte en cruz, a fin de que el plan de salvación de Dios se cumpla.

Y así fue. Habiendo amado a los suyos hasta el límite (Jn. 13,1), cumplida su misión en este mundo, a través de su muerte en cruz, voluntariamente aceptada, por su resurrección Jesús trasciende la Historia y se hace, para nosotros, Señor en la fe.

No temáis los que aún peregrináis como los dos de Emaús y abrid vuestro corazón al Señor, atentos a la fracción del pan, que ahí lo reconoceréis (Lc.24, 30-31)

No temáis los que os sentís agobiados por la vida, por el trabajo, por los problemas familiares, y venid a mí, dice el Señor, que Yo os aliviaré.

No temáis los que juzgáis demasiado dura y pesada la carga de la existencia de cada día, dice el Señor, porque mi yugo es ligero (Mt. 11,28-30).

No temáis los que buscáis ansiosos una respuesta definitiva en el mundo, en la vida, a través de la experiencia humana o de la razón y no la encontráis. Venid a mí, dice el señor, "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn. 14,6).

Alegraos vosotros, los que habéis conocido al Señor, en la esperanza del encuentro definitivo con Él.

Alegraos vosotros, los que no tenéis complejos para expresar vuestra fe en Cristo Jesús, con el ejemplo de vuestra vida, en la sociedad, en el trabajo, en la familia.


Alegraos vosotros los que por el Bautismo fuisteis consagrados pueblo sacerdotal, muertos al pecado y resucitados con Cristo.

Alegraos todos en la certeza de que Jesús resucitó y quedó definitivamente vencida la muerte.

Y en esta noche, reunidos aquí, Señor, y sintiéndote entre nosotros

ANUNCIAMOS TU MUERTE

PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN

¡VEN SEÑOR JESÚS!

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