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Terra Santa

Titulus Crucis [1]

P. Luis Montes, VE

Introducción

En la “Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén”, en Roma, están expuestas para la veneración de los fieles reliquias de la Pasión de Cristo: tres fragmentos de la Cruz, uno de los clavos, dos espinas de la corona de Jesús, piedras de Jerusalén, una parte de la cruz del buen ladrón, un dedo del apóstol Tomás, y el Titulus crucis (es decir la inscripción puesta sobre la cruz de Cristo, el “INRI”).

En mayo de 1997 visitó la basílica el periodista Michael Hesemann, quien se interesó vivamente por las reliquias. Conocía bien que el fragmento de la Cruz, el titulus crucis y el clavo eran citados por fuentes antiquísimas (1600 años) por lo que las posibilidades de falsificación se reducían muchísimo. Para comprobarlo era necesario datarlas. Para esto el clavo no era apropiado por ser de metal. Su forma nos podía decir si era usado por los romanos para las crucifixiones, pero ¿cómo probar que realmente había sido utilizado para la crucifixión de Cristo? Los fragmentos de la cruz pueden ser datados, y se puede probar incluso su procedencia geográfica pero subyace el mismo problema: ¿cómo demostrar que haya pertenecido realmente a la cruz de Cristo? ¿Cómo lograr una certeza histórica científica?

El Titulus en cambio presentaba para el estudioso un atractivo especial. Una investigación seria podría verificar su autenticidad y “confirmaría no solo los informes del descubrimiento de la cruz sino que subrayaría también la exactitud histórica de los evangelios y su descripción de la vida y la pasión de Jesús”[2].

Siguiendo a nuestro autor vamos a hacer una presentación sumaria de los principales argumentos históricos, arqueológicos, paleográficos, etc., y las conclusiones a las que ha llegado.

Historia del redescubrimiento del Gólgota y del Santo Sepulcro

Después de la derrota de la revuelta judía del año 132 d.C. liderada por Simón Bar Kochba por parte de los romanos, la provincia de Judea fue colonizada con paganos y rebautizada como Palestina. A los judíos les fue prohibida la entrada en Jerusalén reconstruida con el nombre de Aelia Capitolina. Sobre la explanada del antiguo templo hebreo fue levantada una imagen de Adriano, y sobre el Calvario y el Santo Sepulcro un templo a Afrodita.

La elección de Afrodita para desterrar el culto cristiano en el Calvario y el Santo Sepulcro no parece casualidad. Adriano, que era estoico, consideraba la multiplicidad de dioses como manifestación del único Dios creador. Según el mito, Afrodita descendió al Hades para sacar de entre los muertos al joven Adón. Que el emperador relacionase a Jesús con Adón lo demuestra el hecho que transformó la gruta de la Natividad en un lugar sacro dedicado al héroe griego. Monedas del siglo II nos muestran a Afrodita como protectora de Jerusalén, apoyando un pie en la colina del Gólgota, y sosteniendo con la mano derecha una estatua que representa a Adón. Así el culto a Afrodita en la colina del Gólgota era una reinterpretación pagana de la resurrección de Cristo. Los mismos cristianos entendieron claramente la sacrílega comparación entre Afrodita/María y Adón/Jesús, como lo atestigua Teodoreto de Ciro en su “Historia de la Iglesia” escrita cerca del 440[3].

Este hecho nos habla en primer lugar de la existencia de culto cristiano en el Calvario/Santo Sepulcro y también en Belén. Pero además refuerza la certificación histórica del lugar de la muerte y resurrección de Cristo pues Adriano al construir allí un templo no hizo más que fijar el lugar.

Los primeros sucesores de Santiago como obispo de Jerusalén fueron judeo-cristianos (Eusebio cita 14 obispos), pero con la posterior prohibición de Adriano de entrar en la ciudad santa a los circuncisos, una comunidad cristiana proveniente de la gentilidad tomó el puesto de los judeo-cristianos con el obispo Marcos a la cabeza. Por lo cual la continuidad de conocedores del lugar del Calvario continua ininterrumpida. El historiador Eusebio nos cuenta: “Algunas personas impías y malvadas (los romanos) decidieron velar a los ojos de los hombres esta gruta salvífica… Con un grande esfuerzo transportaron desde otra localidad una gran cantidad de tierra y con ella ocultaron todo aquel lugar; después elevaron el nivel del suelo y lo cubrieron de piedras, ocultando así la santa gruta… y consagraron un templo a la disoluta divinidad Afrodita”[4]. Los testimonios de San Jerónimo (385) y Sozomeno[5] (370-380), confirman estos datos.

Otros datos importantes que atestiguan esta tradición son:

  • En el año 160 el obispo Melitón de Sardes visitó Palestina y le mostraron “los lugares en donde estas cosas fueron enseñadas y se verificaron”[6].
  • En el 212 Alejandro de Capadocia, discípulo de Clemente alejandrino vino a Jerusalén a “rezar y visitar los lugares santos”[7], lo que produjo tanta alegría en la comunidad cristiana local que no lo dejó marchar y fue consagrado obispo.
  • Orígenes estuvo en Tierra Santa en el 215 y en el 230 y deja testimoniado: “Hemos visitado los lugares (santos) para reconstruir las huellas de Jesús, de sus discípulos y de los profetas”[8]. De la gruta de la Natividad dice que vienen a verla “visitantes de todo el mundo”.
  • Una inscripción en las afueras del Santo Sepulcro donde se ve un barco con el asta mayor quebrada y las siguientes palabras: “Domine ivimus” (Señor, llegamos). No es difícil entender el mensaje: peregrinos occidentales (en oriente se hablaba griego) que en marcha hacia Jerusalén estuvieron a punto de perecer en una tormenta pero que finalmente llegaron a su meta de peregrinaje, el Calvario. Si bien no se conoce bien la datación de esta inscripción es cierto que fue en una época en que no había acceso al Santo Sepulcro pues se encuentra en un muro externo que sostenía el templo de Afrodita. Por lo tanto nos habla del conocimiento del lugar de la muerte de Cristo aún durante la época del templo de Afrodita (135-325).
  • Otro dato interesante es una predicación de Melitón de Sardes en la que acusaba a los judíos de haber crucificado a Cristo “en medio de la ciudad, en una plaza principal”[9]. En efecto, era tan segura la tradición de la ubicación del Calvario, que con los cambios topográficos había quedado dentro de la ciudad y no fuera como en tiempo de Cristo, que hizo creer a los cristianos que Cristo había muerto dentro de los límites de la Ciudad Santa.

Por eso afirma el A. que “cuando los mensajeros imperiales de Constantino llegaron a Jerusalén, sabían exactamente donde buscar y donde cavar”[10].

Comenzados los trabajos fue derribado el templo de Afrodita y se hicieron excavaciones para encontrar el Santo Sepulcro. “Cuando, estrato tras estrato, aparece el nivel más bajo del terreno, entonces, contra cualquier expectativa, se ofreció a la vista el venerable santísimo santuario de la resurrección del Señor, y la caverna, que es el lugar más sagrado que exista en el mundo, recobró el mismo aspecto que tenía cuando resucitó el Señor”[11], nos cuenta un testigo ocular del acontecimiento, el obispo Eusebio de Cesarea.

No fue difícil identificar el Sepulcro vacío de Cristo; se trataba de un sepulcro individual a solo 38 metros del Calvario y coincidía con las descripciones que de él se tenían: el ingreso era bajo por lo que había que agacharse para entrar, conducía a una antecámara, desde la cual se pasaba a la cámara sepulcral.

Diversos estudios arqueológicos confirmaron los datos relativos a la topografía del Gólgota:

  • En 1883 y años subsiguientes en el hospicio ruso de Alejandro.
  • Entre 1973 y 1978 se confirma la teoría de un templo pagano construido sobre el Santo Sepulcro. En 1977 se encontró un altar pagano para los sacrificios y otro altar para las libaciones.
  • En 1986 fue hallado un estrato calcáreo que cubría la piedra del Calvario. Al removerlo los investigadores se encontraron con un descubrimiento sorprendente: un anillo, tallado en la roca, de 11,5 centímetros de diámetro. Los expertos calcularon que podría haber sido utilizado para sostener la cruz pues tenía la capacidad de sostener un palo de hasta 2,5 metros de alto. Es importante notar que no puede ser una falsificación cristiana antigua porque ninguna fuente lo cita. Y coincidiría perfectamente con la tradición en cuanto es muy probable su uso para ejecuciones por crucifixión.

Descubrimiento de los instrumentos de la Pasión

La expedición imperial que se dirigió a Jerusalén para venerar los Santos Lugares y encontrar el Sepulcro de Cristo (probablemente en el verano del 325) fue dirigida por la emperatriz misma. Esto lo atestiguan Gelasio de Cesarea en su “Historia de la Iglesia”, citado por Rufino de Aquilea[12], y Alejandro de Chipre ambos del siglo IV[13].

El descubrimiento de la cruz de Cristo: a pesar de que muchas leyendas han adornado el hecho, lo cierto es que es un acontecimiento histórico probado: los contemporáneos del gran descubrimiento lo incluyeron en sus libros de historia, nunca hubo voces discordantes que rechazasen el hecho como mentira (cuando aparecieron los primeros testimonios escritos habían pasado apenas 20 años y vivían muchos testigos oculares), y recién cuando tardíamente aparecen (fines del siglo V) historias legendarias el historiador Sozomeno toma partido rechazando las exageraciones[14].

Nada menos que San Ambrosio, obispo de Milán, predicando la oración fúnebre del emperador Teodosio es uno de los que evoca el evento del descubrimiento de la Vera Cruz. Dice así: “Llegó Elena, y comenzó a visitar los lugares santos. Entonces el Espíritu de Dios le sugirió de buscar el leño de la cruz. Se llegó al Gólgota, hizo excavar…, y aparecieron tres instrumentos de martirio que yacían desordenados, sepultados bajo los escombros, escondidos del enemigo, pero el triunfo de Cristo no podía permanecer sepultado en las tinieblas”[15].

El problema era reconocer entre las tres cruces la Vera Cruz. San Ambrosio[16] dice que se debió al titulus crucis que estaba unido a la cruz de Cristo mientras que las otras dos cruces no tenían inscripciones. Teodoreto de Ciro[17] y Rufino de Aquilea[18] por su parte hablan de un milagro: el obispo Macario para conocer con exactitud cual era la cruz de Cristo habría pedido un signo al cielo y había llevado los tres leños al lecho de una mujer enferma, que en contacto con la Vera Cruz se curó de inmediato.

En el mismo mes de setiembre de 325 la emperatriz dispone su retorno a Roma, porque una vez comenzado el invierno el viaje por el Mediterráneo se tornaba peligroso. Dispuso dividir las sacras reliquias porque tanto Roma como Jerusalén tenían derecho a ellas. Probablemente una mitad del palo vertical quedó en la Ciudad Santa mientras que la otra mitad y el palo horizontal, junto con los clavos y tierra del Gólgota fueron a Roma. En cuanto al titulus fue dividido: a Roma marchó la mitad que decía “I. NAZARINVS R”, mientras que en Jerusalén quedó la parte en la que se leía “EX IVDAEORVM”.

Otros testimonios históricos importantes que acreditan la historicidad del hallazgo de la cruz de Cristo lo dan:

  • San Cirilo de Jerusalén, solo 23 años después del descubrimiento y 13 de la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro dice en una de sus catequesis: “El sagrado leño de la Cruz es testigo, como se puede ver aquí y en otros partes aun hoy, porque todo el globo terrestre está lleno de sus fragmentos, que gente movida por la fe ha llevado consigo y que desde aquí se ha irradiado por el mundo”[19].
  • Una inscripción en Algeria del año 350 que atestigua la existencia y veneración de reliquias del lignun crucis[20].
  • Gregorio de Niza atestigua la posesión de una partícula de la Vera Cruz por parte de Macrina, muerta en el 379.
  • Según San Juan Crisóstomo (350-407) los cristianos llevaban al cuello relicarios de oro con reliquias de la Vera Cruz[21].
  • “En la partícula más pequeña descansa toda entera la fuerza de la Cruz” decía una inscripción en la basílica que Paulino de Nola hizo erigir al inicio del siglo V, en cuyo altar incluyó una reliquia de la cruz[22].
  • San Cirilo de Jerusalén escribe al emperador Constanzo, hijo de Constantino que “durante el reinado del hombre pío, tu padre Constantino, predilecto por Dios, fue encontrado en Jerusalén el leño salvífico de la cruz, con el que la gracia divina concedió el reencuentro de los lugares santos a quien buscaba con pureza de corazón”[23].
  • Del titulus nos dan testimonio tanto Egeria[24] como San Ambrosio[25].
  • Sigue una larga lista de testimonios que dejamos para no alargar.
    Más aún, es cosa casi segura que “el motivo que determinó la edificación de la iglesia en Jerusalén resida en el descubrimiento de la Cruz y no en el del Santo Sepulcro”[26]. Si damos fe al Breviarius, la basílica del Martyrion fue erigida sobre la cripta de Elena, es decir el lugar donde fueron encontradas las cruces. Además la solemne consagración de la Iglesia no fue en ocasión de la fiesta de la Resurrección, es decir la Pascua, sino en el décimo aniversario del descubrimiento de la Cruz. Es algo perfectamente lógico si pensamos en la devoción de Constantino que quiso realzar el signo con el cual había vencido.

La ausencia de este hecho en los escritos de Eusebio de Cesarea que se presentaba como una fuerte objeción cae por la fuerza de tantos y tan valiosos testimonios. El A. busca motivos para tal ausencia y nota como uno de los más fuertes la reticencia del historiador en insistir ante un mundo todavía pagano sobre un signo que se mostraba todavía como ignominia.

A pesar que el A. nos trae una detallada investigación sobre las distintas reliquias de la Pasión (las que permanecieron en Jerusalén, las transportadas a Constantinopla, y las que fueron enviadas a Roma) nos detendremos más extensamente en el titulus crucis.

Las reliquias de la Pasión que quedaron en Jerusalén

En el 614 los persas entraron en la Ciudad Santa, la ciudad fue devastada y el obispo de Jerusalén, Zacarías, fue deportado a Ctesifonte, cerca de la actual Bagdad, junto con el relicario de la Santa Cruz. Tras el asesinato de Cosroes II por mano de su hijo que quedó como emperador comenzaron las negociaciones de paz. El arreglo permitió el retorno del sagrado leño a Jerusalén. A partir de entonces, sin embargo, la mitad del titulus que había quedado en la Ciudad Santa, deja de aparecer en los manuscritos, por lo que se supone que se perdió en el saqueo de la ciudad.

Con la llegada de los musulmanes a Jerusalén la situación se mantuvo más o menos estable al principio, los Lugares Santos fueron respetados así como las sagradas reliquias. Pero en el siglo X las cosas cambiaron: en el 966 indignados los musulmanes por la pérdida de Cilicia y parte de Siria a manos de los bizantinos incendiaron la Basílica del Santo Sepulcro. Con los califas siguientes otros infortunios tuvo que sufrir la iglesia. Finalmente en 1009 el califa al-Hakim Bin Amr-Illah hizo destruir la Basílica intentando incluso partir con hachas la piedra del Santo Sepulcro. Este hecho desencadenó la primera cruzada. Durante casi 100 años el reino cruzado volvió a su antiguo esplendor a Jerusalén y a la iglesia del Santo Sepulcro, que fue reconstruida.
En el año 1187 Salah ed Din derrota a los cruzados. Según el historiador musulmán Imad ad Din[27] los cristianos lucharon como leones hasta que el ejército árabe logró tomar posesión de la reliquia de la Vera Cruz. Su pérdida fue peor que la captura del rey, y así la batalla se decidió rápidamente a favor de Salah ed Din. A partir de ese día se pierde toda huella de la reliquia de la cruz que había quedado en Jerusalén.

Las reliquias de la Pasión enviadas a Constantinopla

Constantinopla fue fundada por Constantino el 4 de noviembre de 328. Alejado de Roma y de los romanos entre otras cosas por su negativa a practicar ciertos ritos paganos se trasladó a su nueva capital, a la que le dio todos los antiguos privilegios de Roma. Para engrandecer esta nueva “ciudad santa” hizo traer muchas de las reliquias de la Pasión de Cristo: un gran fragmento de la Cruz, dos de los clavos, la corona de espinas, la lanza con la cual le atravesaron el costado y otras menores como la esponja, la caña, las sandalias.

Constantino la adornó con tantos monumentos e iglesias, la enriqueció tanto que pronto la ciudad se convirtió en la más rica y suntuosa del imperio.

Con la coronación de Alexis IV muchos caballeros de occidente pudieron conocer la suntuosidad de la nueva capital. Así escribía Geoffroy de Villehardouin: “Se debe saber que muchos de nuestro ejército circulaban por Constantinopla maravillados y admirando los ricos palacios y las grandes iglesias tan numerosas, y las enormes riquezas, que se encuentran allí como en ninguna otra ciudad. Por no hablar de las reliquias, porque en aquella época en la ciudad había tantas como en el resto de mundo junto”[28].

Esto atrajo la codicia de occidente, de tal modo que cuando se predicó la cuarta cruzada, muchos se sumaron pensando en las riquezas de Constantinopla. Y la ocasión se dio pronto: Ángel Commeno expulsó a su hermano Isaac del trono y se proclamó emperador con el nombre de Alexis III. El hijo de Isaac pidió ayuda a los cruzados, prometiéndoles una gran recompensa. El 17 de julio de 1203 expulsaron a Alexis III y así el joven pretendiente del trono fue coronado emperador con el nombre de Alexis IV. Pero cuando este fue asesinado, su sucesor, Alexis V se negó a dar a los cruzados la recompensa prometida. Fue entonces que los cruzados atacaron la ciudad y la saquearon. La destrucción fue espantosa. En palabras de Niketas Choniates “la ciudad que poseía los tesoros de arte más fastuosos del mundo fue destruida para siempre”[29].

A pesar de la prohibición de llevarse reliquias, de la posterior excomunión por el mismo delito, e incluso a la ejecución pública de un caballero, el que conseguía una de gran valor dejaba secretamente la ciudad para llevarla a su Patria. Así las sagradas reliquias de la Pasión que se encontraban en Constantinopla se esparcieron por Europa, especialmente por Francia e Italia, y la ciudad de Constantino perdió su esplendor.

Las reliquias de la Pasión que Elena llevó a Roma

El 1 de febrero de 1492, en la Basílica de la Santa Cruz, mientras se realizaban tareas de reparación del techo de la capilla de Santa Elena, fue encontrado un azulejo con una inscripción prometedora: Titulus crucis. Removido el azulejo se encontró –amurada -una caja de plomo, con el sello del Cardenal Gerardo, y con la inscripción de la cruz dentro. Veamos la historia de la Basílica de la Santa Cruz.

El emperador Heliogábalo (218-222), un joven sirio, corrupto y disoluto, había hecho construir un palacio imperial: el Sesorium. En tiempos de Constantino fue también su palacio. Allí fueron transportadas las reliquias de la cruz, para lo cual se reestructuró el palacio, y una parte del cual (donde fueron depositadas las reliquias) fue transformado en iglesia. Esta se transformará con el correr del tiempo en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén.

En la capilla de Santa Elena, se encuentra la siguiente inscripción que atestigua sobre la tierra del Gólgota que Elena llevó a Roma: “Aquí fue esparcida la tierra santa del Monte Calvario y custodiada por la Beata Elena en el piso inferior, sobre el cual erigió esta capilla que toma el nombre de Jerusalén”.

En las Crónicas[30] del Papa Silvestre I (314-335) se afirma que fue él quien consagró la basílica (año 326 o 327).

La basílica gozó de grande popularidad y grandes privilegios ya desde el comienzo. Y pasó siglos sin grandes cambios estructurales. Pero todo cambió con el Cardenal Gerardo (futuro Lucio II -1144/1145), que ordenó una completa reestructuración del edificio sacro. Así se convirtió en una basílica a tres naves, con un transepto, un nártex, un campanario, y un claustro.

Fue para esa ocasión que el titulus fue descubierto gracias al azulejo con la inscripción Titulus crucis. No sabemos a que época pertenece el azulejo. Podría ser del 410 cuando los godos de Alarico saquearon Roma. Lo que si sabemos es que gracias a él el Cardenal Gerardo pudo identificar el titulus. Después hizo poner la reliquia en una caja de plomo, con su sello y la hizo amurar sobre el arco de la capilla de Santa Elena, con el mismo azulejo a modo de identificación.

Este hecho no es para nada extraño, pues la costumbre de exponer las reliquias para veneración de los fieles se remonta recién al siglo XIV. Antes de eso en occidente lo común era amurar las reliquias ya sea en el altar, ya en las paredes de la iglesia.
En 1797 las tropas napoleónicas entraron en Roma, y arrestaron al Papa (lo llevaron a Francia donde murió en 1799). Muchas iglesias y monasterios fueron saqueados, incluido el de la Santa Croce. Gracias a la previsión de un monje que había escondido las reliquias éstas no cayeron en manos enemigas. Solamente se llevaron los relicarios vacíos.

La inscripción de la Cruz de Cristo

Examen provisorio

Titulus dammationis, de autoría romana: el madero pesa 687 gramos, de 25 centímetros de largo (25,3 en el punto más largo), 14 cm. de alto y 2,6 cm. de espesor. Es de nogal mediterráneo (Juglans regia), un árbol que puede llegar a 25 m. y es originario del área del Mediterráneo oriental y de Medio Oriente. Muy apreciado en la antigüedad por su resistencia. Se usaba como material de construcción.

Los bordes presentan fuertes señales de descomposición. Una parte del borde superior está recortado, por lo que hace casi ilegible la inscripción hebrea, y del lado inferior el desgaste hace casi irreconocible la I de ARIN. En cambio, el lado izquierdo está intacto, que es por donde fue cortado. Esto corresponde con la tradición que dice que el titulus estuvo en una cisterna del Gólgota durante 300 años, expuesto a la humedad, lo que habría causado el deterioro de los bordes. Del mismo modo se ve que la santa reliquia fue tratada con mucho cuidado desde su descubrimiento por lo que el daño de desgaste se debe a antes de que fuese recobrada de la cisterna.

Especialmente en el centro de la tabla son visibles restos de tinta gris calcárea, y restos de coloración negra en alguna de las letras. Coincide esto con los estudios de María Siliato, arqueóloga, que al estudiar las tablas utilizadas para proclamar la culpa de un condenado (titulus dammationis) afirma que para que fueran más legibles (especialmente en las crucifixiones) “sobre la tabla venía primero puesta una base tosca de color blanco, de yeso o cola,… sobre la cual se escribía el motivo de la condena en caracteres negros o rojos”[31]. Esto coincide además con el testimonio del historiador Sozomeno que decía: “Fueron encontradas tres cruces y otro pedazo de leño sobre el cual en color blanco resaltaba escrito en caracteres hebreos, grecos y latinos: Jesús de Nazaret, rey de los judíos”[32]. Todo concuerda con la reliquia de Santa Croce, incluso en el detalle del orden de los idiomas (hebreo, griego, y latín), lo que tiene mayor fuerza porque en el evangelio de San Juan se lee “hebreo, latín y griego”[33]. Sin lugar a dudas una falsificación habría respetado aún en los detalles el testimonio del discípulo que fue testigo ocular de la crucifixión.

Datación

Los posibles métodos para conocer la fecha del titulus son:


1- Datación física: el Carbono 14

Es un método elaborado por el americano Williard F. Lobby después de la Segunda Guerra Mundial. La irradiación cósmica produce neutrones, que junto al isótopo 14 del nitrógeno constituyen el isótopo 14 del carbono. Los isótopos son variaciones atómicas del mismo elemento químico, del cual tienen el mismo número atómico pero diferente número de masa. Los isótopos radiactivos (entre ellos el carbono 14) son inestables, y se descomponen según los llamados “tiempos de división”. El tiempo de división del C14 equivale a 5730 años con un margen de error de 40 años más o menos. En un organismo viviente, esta disminución se compensa con un continuo recambio gracias al proceso de inspiración-expiración. Pero cuando un organismo muere esa producción se termina y el C14 que tiene se descompone incesantemente[34]. Para hacer este estudio en el titulus solo hace falta un fragmento del mismo. El problema es que hay otros elementos que entran en juego y que a veces no son tenidos en cuenta. Es lo que ocurrió con la aplicación de este método a la Sábana Santa. La continua polución a la que estuvo expuesta la santa reliquia sobre todo a partir del siglo X hacen al C14 no apropiado para la datación: en 1532, por ejemplo, a causa de un incendio la tela fue expuesta a un gran calor, y a la impregnación de vapores, incluso gotas de estaño derretido cayeron sobre el lino, se produjo carbonización en ciertas partes, que evidentemente alteran la cantidad de C14. Se ha encontrado además sobre la Sábana Santa una patina de bacterias que influyen en la datación. Todos los demás estudios hechos en la Sábana Santa dan por resultado la autenticidad de la reliquia. Por lo mismo, el C14 no parece un método seguro de datación para el titulus.

2- Datación biológica

Es un sistema mucho más preciso para leños. El nombre técnico es dendrocronología, descubierto por A.E. Douglas en 1901. Se puede establecer la edad de un árbol contando los anillos sobre la superficie cortada de un tronco. Cada anillo tiene una amplitud diversa de acuerdo a las condiciones climáticas del año al que se refieren. Árboles de la misma especie, crecidos en el mismo lugar producen con sus anillos un mismo diseño. Si un dendrocronólogo posee un leño datable por otro medios (por ejemplo por inscripciones, etc) puede, con la ayuda de precisos elementos de precisión, determinar la edad del leño, hasta la precisión del año.

3- Datación paleográfica

La paleografía, o historia de la escritura es una ciencia auxiliar de las ciencias históricas. Más allá de cuestiones particulares, de la caligrafía personal, la escritura está siempre caracterizada por elementos típicos de los diferentes períodos históricos. Así, las formas estilísticas y sus transformaciones, dan al estudioso un colocación bastante precisa desde el punto de vista temporal y geográfico (se analiza la forma, el cuadro exterior general, el largo, las proporciones, la puntuación, las letras individuales, su conexión, el uso de mayúsculas y minúsculas, etc.). Comparando con otras inscripciones de las que se sabe la fecha y de acuerdo a ciertos códigos se puede datar la inscripción estudiada.

¿Es el titulus crucis conservado en Roma la inscripción que Pilatos hizo poner sobre la cruz de Cristo?

Las hipótesis que se presentaban eran 3:

La solución más simple debió ser rápidamente también desechada. El método dendrocronológico no era posible. Los dos expertos israelitas consultados, el profesor Nili Lifshitz y el doctor Simcha Lev-Yadun de la Universidad de Tel Aviv explicaron que no hay suficientes datos comparativos de la época pre-islámica. Además eran necesarios al menos 50 anillos anuales para datarlo con precisión y este no es el caso del titulus.

La así llamada “Barca de Jesús” encontrada en el lago de Genesaret entre Migdal y Ginosar y datada por otros medios en el s I tampoco servía porque todavía no se le ha hecho la valoración dendrocronológica.

Sin embargo el contacto con Orna Cohen de la superintendencia israelí para los bienes arqueológicos, que estudió a fondo la barca dejó sus buenos frutos. Fue una confirmación que una tabla puede conservarse 2000 años. Mientras que sepultada bajo tierra se descompone fácilmente, las condiciones más favorables para su conservación son un lugar seco y aireado, o un lugar con mucha humedad y fango. Así los 300 años que el titulus estuvo en una cisterna no son una objeción contra la autenticidad de nuestra reliquia sino una especie de confirmación. En palabras de la Sra. Cohen “Mejor en una cisterna que en cualquier otro lugar. Es decididamente el mejor lugar. Es en un lugar fangoso que la madera se conserva mejor”[35].

Para la datación paleográfica fueron consultados varios expertos. Todos ellos colocaron la inscripción hebrea-greca-latina en un arco de tiempo que va de los siglos I al IV (la única datación más tardía provenía de un profano en la materia).

Expertos consultados:

Doctor Gabriel Barkay, de la superintendencia israelí para los bienes arqueológicos: relativizó el valor del examen paleográfico, y sus aportes fueron que la escritura evidenciaba una mano inexperta, que parecía no provenir de Palestina. Sin lugar a dudas una escritura antigua, anterior al medioevo. Una línea le parecía que podría ser paleohebreo, es decir, utilización de caracteres de la antigua escritura hebrea durante el período del segundo templo (y hasta fines del siglo II).

Hanan y Ester Eshel de la Universidad Hebrea de Jerusalén: contradijeron al doctor Barkay. No sería paleohebreo sino escritura hebrea cursiva, que duró hasta el siglo IV. De todos modos remarcaban que era poco lo que se podía concluir porque no se disponía de bastantes elementos en el titulus y porque no hay muchas inscripciones datadas de ese período. El arco de posibilidades abarca de el siglo I al IV.

Doctora Leah Di Segni, de la Universidad Hebrea, especialista en paleografía griega (cuyos caracteres son más claros en el titulus): su análisis en base al monograma ómicron-ypsilon nos da una amplitud de fecha que va del siglo I al V, es decir que podría tanto ser una reliquia auténtica como una imitación bizantina. Pero a pesar de afirmar que no creía en “la leyenda de la Vera Cruz” le parecía una inscripción del primer período romano, es decir del siglo I d.C.

Profesor Werner Eck, del Instituto de Antigüedades de la Universidad de Colonia: ya por teléfono afirmó que no podría ser una reliquia auténtica porque los discípulos habrían huido después de la crucifixión y como las tablas eran valiosas eran reutilizadas. Afirmó además que en las inscripciones de condena el texto venía escrito en tinta sobre un fondo blanco y en cambio en este caso las letras perforan el leño. Sin embargo, el mismo doctor en un estudio suyo “Inscripciones en madera” contradecía esta afirmación. Es decir que sus argumentos en contra no provenían de los conocimientos de su especialidad sino de su interpretación de los hechos. Sus objeciones, por otra parte, eran fácilmente rebatibles.

Profesor Carsten Peter Thiede, de Paderborn: después de leer el informe de los expertos consultados alentaba a seguir las investigaciones porque “la datación de la inscripción al siglo I… al menos no viene excluida de los expertos israelitas, en parte también con interesantes argumentos”[36].

Y escribiendo en un periódico inglés[37] hacía notar que una falsificación se hubiese atenido a los detalles que da Juan 19,19 (en el titulus se lee Nazarenous en vez del término correcto Nazoraios). Y por estilo caligráfico se podría datar en un arco de tiempo que va de los siglos I al IV. “Puede ser un arco de tiempo más bien largo, pero excluye una fabricación en época posterior a Elena. En efecto la hipótesis que este artefacto haya sido fabricado en Jerusalén para Elena es la única alternativa seria a la sorprendente posibilidad de la autenticidad. Pero la existencia en aquella época de numerosos manuscritos evangélicos que traían el texto de la inscripción con todas sus posibles variantes, ninguna de las cuales usada como modelo para quien escribió esta tabla, depone contra la hipótesis de la datación tardía… El que haya escrito el texto, no era un copista o un falsario”.

Profesores Israel Roll y Ben Isaac de la Universidad de Tel Aviv: impresionado por la seriedad del estudio de Hesemann el profesor Ben Isaac afirmaba que según él el juicio de la doctora Di Segni era el más relevante y compartía su opinión. Roll por su parte veía como un indicio de la autenticidad de la reliquia el hecho que la línea en griego no era una traducción del latín, a diferencia de la citación de San Juan 19,19. El hecho que se tratase solamente de una trascripción era más concorde con un documento oficial de un magistrado romano.

Congreso Internacional sobre las reliquias de Cristo: de la Pasión a la Resurrección. Dos mil años de silencioso testimonio

En febrero de 1999 Michael Hesemann recibió la invitación de exponer los resultados de su investigación en un congreso, a tenerse del 6 al 8 de mayo en la Pontificia Universidad Laterana, en Roma. Fue en palabras del autor “un impresionante encuentro entre Iglesia y ciencia”[38].

Los resultados de la investigación paleográfica encontraron un notable interés. Los profesores Bella y Corona, la profesora Folliere y el doctor Azzi discutieron pasos ulteriores a dar y la utilización de los métodos de la ciencia natural para continuar la investigación de la reliquia. La doctora María Luisa Rigato anunció la inminente publicación de otro estudio sobre la autenticidad del titulus.

La investigación continúa. Podemos aplicar (con sus diferencias) al titulus lo que el Santo Padre, Juan Pablo II decía en Turín el 24 de mayo de 1998 referido a la Sábana Santa:

“La Síndone es provocación a la inteligencia. Ella pide sobre todo el empeño de cada hombre, en particular del investigador, para recibir con humildad el mensaje profundo enviado a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa ejercida por la Sábana Santa empuja a formular preguntas sobre la relación entre el sagrado Lino y el acontecimiento histórico de Jesús. No tratándose de materia de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse en tales cuestiones. Ella confía a los científicos la tarea de continuar la investigación para llegar a encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes conexos con este Lienzo que, según la tradición, habría envuelto el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue bajado de la cruz. La Iglesia exhorta a afrontar el estudio de la Sábana Santa sin posiciones preconstruidas, que dan por descontado resultados que no son tales; invita a obrar con libertad interior y atento respeto sea de la metodología científica, sea de la sensibilidad de los creyentes”.

Concluimos con palabras del mismo autor:

“De las tres posibilidades que he propuesto al principio, la primera se ha revelado la más probable: el titulus es auténtico, se remonta efectivamente al año 30. Sería en este caso un documento histórico, el único conservado, del más espectacular proceso de la historia del mundo”[39].

“Estamos obligados a repensar, a rever nuestra actitud en confrontación de las fuentes del cristianismo: un nuevo documento ha aparecido, y con total probabilidad se trata de un testimonio escrito contemporáneo a la vida y la pasión de Jesús”[40].

Nota final

Hemos presentado solamente un resumen del hilo central del libro e incluso simplificando algunos temas. El autor nos ofrece mucho más cosas que hemos debido dejar aparte. Hay argumentos que le dan a las pruebas principales mayor fuerza, hay estudios históricos que casi no hemos mencionado, hay objeciones refutadas que no se han podido tratar en este pequeño artículo, hay un interesante apéndice sobre “El titulus crucis y la Sábana Santa de Turín”, hay un esbozo de estudio sobre la autenticidad de las otras reliquias que se encuentran en “Santa Croce”. Aún cuando se puede no compartir completamente todas las afirmaciones del A recomendamos vivamente la lectura de este libro.


Bibliografía

[1] Del libro “Die Jesus-Tafel. Die Entdeckung der Kreuz-Inschrift”, de Michael Hesemann. Nos hemos servido de la edición italiana “Titulus Crucis. La scoperta dell’iscrizione posta sulla croce di Gesù”, Ed. San Paolo, 2000, Milano, 423 páginas.
[2] Página 19
[3] Teodoreto, Hist. Ecc., I, 15.
[4] Eusebio, Vit. Const., III,26.
[5] Sozomeno, Hist. Ecc., II,1.
[6] Melitón de Sardes, Homilía de Pascua, 39-95 (en la edición de Perler, pp. 80-116).
[7] Eusebio, Hist. Ecc., VI, 11,2.
[8] Citado por J. Finegan, The Archaeology of the New Testament, Princeton 1992
[9] Melitón de Sardes, Homilía de Pascua 39-95.
[10] Página 195.
[11] Eusebio, Vit. Const., III,26-28.
[12] Rufino, Hist. Ecc.,X,7.
[13] Alejandro de Chipre, Inventio crucis.
[14] Sozomeno, Hist. Ecc.,II,1.
[15] Ambrosio, De obitu Theodosii, 43,45.
[16] Idem, 46.
[17] Teodoreto, Hist. Ecc., I,17.
[18] Rufino, Hist. Ecc., X,8.
[19] Cirilo, Cat., IV,10.
[20] Y. Duval, Loca sanctorum Africae, Roma 1982, pp. 331-337 y 351-353.
[21] H. Heinen, Helena, Konstantin und die..., en E. Aretz-M. Embach-M. Persch-F. Ronig.
[22] Citado por W. Ziehr, Das Kreuz, Stuttgart 1997, p. 62
[23] Citado por G. Baudler, Der Kreuz, Dusseldorf 1997.
[24] Egeria, Itinerarium, 37,1.
[25] Ambrosio, De obitu Theodossi, 46.
[26] Página 263.
[27] Citado por F. Gabrieli, Die Kreuzzuge aus arabischer Sicht, Zurich 1973, pp. 184ss.
[28] Citado por E. Gruber-H. Kersten, Das Jesus-Komplott…, p. 219
[29] M.G. Siliato, La verità della Sindone, Casale Monferrato 1997, pp. 230ss.
[30] Citado por S. Montanari, Die Papstkirchen in Rom, Paderborn 1994, pp. 41.
[31] M.G. Siliato, La verità della Sindone, Casale Monferrato 1997, p. 339.
[32] Sozomeno, Hist. Ecc., II,1.
[33] Jn. 19,19
[34] F.G. Maier, Neue Wege in die alte Welt, Hamburg 1977, pp. 283ss.
[35] Coloquio del 17 de agosto de 1998.
[36] Carta del 6 de setiembre de 1998.
[37] Church of England Newspaper
[38] Página 351.
[39] Página 353
[40] Página 352

IVEMO

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