Crónica sentimental de una figura que manda con el corazón y guía con el alma
Por Marcos del Real
Colaborador de Padul Cofrade
Jerez de la Frontera, 2 agosto de 2025
Hay voces que no necesitan micrófono. Que se escuchan entre el rumor de la multitud y se clavan en el pecho como si fueran letanías. Voces que huelen a incienso, a madera barnizada y a madrugadas de abril. Voces que mandan, pero no ordenan; que instruyen, pero también consuelan. Voces como la del capataz, ese hombre que camina por delante, pero que lleva dentro a toda su cuadrilla.
El capataz no es solo un director de maniobras. Es memoria viva de su hermandad, conciencia del paso, psicólogo de la bulla, amigo del martillo. El suyo es un papel muchas veces incomprendido fuera del mundo cofrade, pero reverenciado por quienes han tenido el privilegio de "meterse abajo" y obedecer su voz como si de un juramento se tratara.
I. Orígenes de un oficio con alma
La figura del capataz nace al calor de la tradición sevillana, con raíces que se remontan al siglo XVIII, cuando los pasos eran portados por profesionales del puerto o por trabajadores de los muelles. En aquel tiempo, el capataz era el encargado de contratar, coordinar y dirigir a los cargadores. No eran hermanos, no había promesa. Solo fuerza, sudor y jornal.
Pero fue en el siglo XX cuando la figura del capataz comenzó a transformarse. Con la aparición del costalero hermano, el mando dejó de ser únicamente técnico para convertirse también en devocional. El capataz ya no era un jefe, sino un guía. De ahí que muchos lo definan hoy como “el padre de la cuadrilla”.
Como escribe el historiador sevillano Manuel Jesús Roldán, “el capataz ha sido durante décadas la bisagra entre lo estético y lo humano, entre el paso como escultura en movimiento y el paso como manifestación de fe”.
El rostro del deber
Un veterano capataz, de semblante grave y gesto sereno, acompaña en silencio el paso del Señor en plena madrugada. Su mano firme sobre el bastón y la mirada clavada en la talla revelan una vida entera entregada al servicio de su hermandad. La escena, envuelta en penumbra y solemnidad, remite a los modos antiguos del mando cofrade, cuando la palabra se daba escasa y el ejemplo lo decía todo. Archívo fotográfico privado del autor.
II. El arte de mandar sin gritar
Una de las cualidades más admiradas en un buen capataz es su capacidad de mandar sin imponer. De hablar con respeto, incluso en la dificultad. La voz del capataz se afina con los años, como el martillo. No es la de un sargento, sino la de un hermano mayor en la oscuridad de una nave de iglesia, en la penumbra de una callejuela o ante el bullicio de una plaza desbordada.
La cruz que camina entre sombras
Costaleros portan con esfuerzo y devoción un paso de misterio sin imagen titular, coronado solo por la cruz desnuda, en una procesión nocturna por las calles de Granada. La escena, iluminada por la luz cálida de los hachones, transmite el sobrecogedor simbolismo del vacío del Calvario y la espera de la Resurrección.
Javier Castaño, capataz del paso de misterio del Señor del Gran Poder, afirma en entrevista para Padul Cofrade:
“Un buen capataz no es el que levanta más fuerte, ni el que más se escucha. Es el que se gana el respeto de los suyos con humildad, con sabiduría, con corazón. La voz de un capataz debe sonar como una oración: clara, sincera y directa al alma.”
III. Frases que hacen historia
El universo cofrade está salpicado de frases que se han quedado grabadas en la memoria colectiva, pronunciadas en plena calle por capataces que supieron detener el tiempo con unas pocas palabras. Son auténticas letanías de fe, cargadas de humanidad y sabiduría.
Algunas, como estas, ya forman parte del imaginario cofrade andaluz:
“¡Costaleros de Dios, a esta es!”
“Esto va por los que están y por los que se fueron.”
“¡Mi alma, al cielo con ella!”
“Señores, esta levantá va por vuestra gente.”
“Recordad que estáis cargando corazones.”
Cada frase es una liturgia. Cada orden, una responsabilidad. Porque cuando el capataz habla, no solo se mueve un paso: se activa una cadena de emoción, de promesas, de recuerdos, de silencios sostenidos.
La fe calza lo humano
Un grupo de costaleros, con atuendo cotidiano y humildes deportivas, carga el peso de un paso de palio ricamente labrado durante una estación de penitencia. La imagen capta el contraste entre lo sagrado y lo terrenal, recordando que detrás de cada manifestación de esplendor procesional hay personas reales, con su entrega, su sudor y su devoción callada.
Hay capataces que ensayan con precisión quirúrgica cada maniobra, y otros que prefieren el arte del momento. Pero todos saben que bajo las trabajaderas hay más que hombros: hay vidas. Un costalero puede estar pasando una enfermedad, una separación, un duelo. El capataz lo sabe, o debería saberlo. Y si lo intuye, obra en consecuencia.
Bajo el sol andaluz: la cuadrilla del Señor de la Victoria
En un momento crucial de la procesión, la cuadrilla de costaleros del Señor de la Victoria se apresta a realizar un relevo, listos para relevar a sus compañeros bajo el imponente paso, mostrando la fuerza y el compromiso que sostienen está arraigada tradición.
Domingo González, capataz histórico de Jaén, lo explicaba así:
“Tú puedes haber estudiado cómo se mete una cofradía en una calle difícil. Pero si no sabes cuándo un hombre se te va a romper por dentro, no has entendido nada.”
Esa es la psicología del martillo: observar, intuir, sentir. Saber cuándo hay que parar, cuándo hay que dar aliento, cuándo es mejor callar.
Costaleros de la Hermandad de los Gitanos en Sevilla
Reflejo de la devoción y el sacrificio. Costaleros de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla en un instante de concentración y hermandad antes de realizar su estación de penitencia. Sus rostros y su preparación evidencian la carga física y espiritual que asumen por fe.
En los últimos años, muchas hermandades han puesto en marcha escuelas de capataces, conscientes de que este arte no se improvisa. El capataz del futuro debe conocer la técnica, el ritmo de las marchas, la disposición de los respiraderos, los puntos ciegos del paso… pero también debe saber leer los ojos de su gente.
La Pausa antes de la "Levantá"
Un grupo de costaleros descansa en el interior de la parihuela durante un ensayo. Estos momentos de pausa son cruciales para recuperar fuerzas y coordinar a la cuadrilla antes de la estación de penitencia, mostrando el esfuerzo y la preparación que exige la Semana Santa mucho antes de que el paso salga a la calle.
En Sevilla, Córdoba, Huelva o Málaga, estos espacios de formación están recuperando un saber que durante años fue solo oral. Hoy se enseñan estilos, cadencias, simbologías, pero también ética cofrade y responsabilidad.
Anexo I
Entrevista breve
A Francisco Barranco, capataz joven de una hermandad de barrio en Granada:
— ¿Qué le dirías a quien quiera ser capataz un día?
— “Que se meta abajo. Que escuche. Que se empape de respeto. Que no tenga prisa. Ser capataz es más que sonar el martillo. Es saber estar, saber cuándo callar y cuándo levantar el alma de tu gente.”
La Gran Cuadrilla de la Santa Cena de Granada
Foto de familia de la cuadrilla de costaleros de la Cofradía de la Santa Cena de Granada. La imagen pone de manifiesto el enorme número de hombres que componen la "piña" necesaria para portar uno de los pasos de misterio más grandes y pesados de la Semana Santa granadina, en un momento de orgullo y hermandad.
Transcripción parcial del cuaderno de ensayos de un capataz veterano. Año 2014.
“No gritar. Mirar siempre a los ojos. Si no hay fe, no hay paso. El último relevo también merece respeto. A cada hombre, su sitio y su tiempo. Nunca prometer lo que no puedas cumplir. Si un costalero te entrega su cuello, tú le debes el alma. El andar del paso nace en los pies, pero se guía desde el corazón.”
“Hay que saber rectificar sin humillar. Mandar sin imponerse. El martillo no hace al capataz, lo revela.”
La majestuosidad de la Hermandad de La Puente y La Paloma en Málaga
Una vista impresionante de la procesión de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Puente del Cedrón y María Santísima de la Paloma en las calles de Málaga, rodeada por una multitud devota.
Responsable máximo del gobierno de un paso. Dirige la cuadrilla de costaleros, da las órdenes y coordina el andar.
Segundo (de capataz)
Auxiliares inmediatos del capataz, distribuidos en los costeros y la trasera del paso. Ayudan a la visión total y al mando.
Contraguía
Miembro del equipo de capataces que se sitúa detrás del paso para controlar los movimientos y servir de apoyo visual y táctico.
Llamá
Toque de martillo que indica el inicio o reanudación del trabajo; puede ser de atención, de levantá o de parada.
Levantá
Acción de alzar el paso desde el suelo, habitualmente tras la orden y el toque de martillo. Puede ser al "cielo" (rápida y con brío) o al "trabajo" (más pausada y firme).
Igualá
Reunión previa en la que se iguala la altura de los costaleros para una carga homogénea. Es también un momento de conocimiento humano y técnico.
Relevo
Cambio de cuadrilla o de parte de ella durante la estación de penitencia. Suele hacerse en puntos clave del recorrido.
Mecida
Movimiento oscilante del paso, que lo balancea levemente en señal de respeto, solemnidad o acompañamiento al ritmo de la música.
Andar fino
Expresión que alude al caminar elegante, sereno y acompasado del paso, sin baches ni vaivenes bruscos.
Pararse con arte
Detener el paso con suavidad, ritmo y estética, sin brusquedad.
Costero a costero
Maniobra de giro lateral o balanceo, que permite al paso moverse o virar con elegancia.
Fajarse
Colocarse bien la faja antes de trabajar. También significa asumir con responsabilidad el papel que toca.
Silencio en la trabajadera
Orden de respeto; se exige cuando hay recogimiento o se entra en zona sagrada. El capataz suele recordar: "Silencio, que esto es un altar".
Llevar a la cuadrilla
Forma de expresar que el capataz manda de forma humana, técnica y emocional a su grupo de costaleros.
Mandar con el corazón
Máxima cofrade. Implica que el capataz no solo impone técnica, sino que guía con humanidad, intuición y entrega.
Cargar con el alma
Expresión simbólica que indica que se lleva el paso con fe, sentimiento y devoción, no solo con el cuerpo.
Martillo
Elemento metálico, clavado en la delantera del paso, mediante el cual el capataz da los toques que ordenan las maniobras. Su sonido se convierte en emblema de autoridad y rito.
Bibliografía
Roldán, M. J. (2014). La Semana Santa: historia, arte y tradición. Editorial Almuzara.
Moreno Viedma, A. (2020). Capataces de Andalucía: técnica y corazón. Ediciones A Paso.
Gutiérrez Carrillo, J. (2017). Bajo las trabajaderas. Sevilla: Ediciones Cofrades.
Entrevistas propias realizadas por Marcos del Real (julio de 2025).
Nota del autor
Este artículo no es un homenaje. Es una confesión. Porque he estado abajo, he sentido esa voz, he respondido a ese martillo. Y sé que cuando un capataz te llama por tu nombre antes de una levantá, algo dentro de ti se queda para siempre en ese paso.