En un rincón cualquiera de nuestra bendita Tierra de María Santísima, El aire olía a cera derretida, a incienso denso y a la humedad terrosa que precede a la lluvia, aunque el cielo se mantenía de un azul profundo, salpicado de pocas nubes blancas. Era Viernes Santo en la pequeña ciudad de Andalucía, y la expectación se palpaba en el ambiente. La plaza, habitualmente bulliciosa, se había convertido en un hervidero silencioso, expectante al inicio de la procesión más solemne del año.
El sonido grave y lento de las campanas de la iglesia anunció la hora de la salida. La gran puerta de gruesa madera tallada se abrió lentamente, dejando escapar una luz dorada de las velas encendidas, mientras se escuchaba el eco de las saetas que ya comenzaban a entonarse, ahí, casi a escondidas, en el balcón de esa casa.
Un nutrido grupo de niños y niñas, vestidos con trajes de hebreos de vivos colores, portaban palmas trenzadas y pequeñas cestas con flores. Sus ojos brillantes observaban con mezcla de curiosidad y solemnidad el desarrollo de la procesión, representando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Sus risitas ahogadas rompían por momentos el silencio reverente, recordando la inocencia en medio de la seriedad del acto.
Tras ellos apareció la imponente imagen de Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén a lomos de una borriquita, mientras el apóstol amado asía las riendas y tiraba de ella.
Ahora sí. Ha llegado el momento tan esperado y el paso de la Oración en el Huerto asomaba por el dintel de la puerta. Los costaleros, con el rostro serio, concentrados bajo el paso, lo mecían suavemente, mientras sonaban los acordes de la Marcha Real.
El paso refulgía, bañado por los postrimeros rayos del sol que, poco a poco, daba paso a la Luna de Nisán.
El elegante exorno floral y los faroles de plata, enmarcaban la imagen de Jesús arrodillado, con la mirada elevada al cielo, transmitiendo el sentir de una profunda angustia.
El elegante exorno floral y los faroles de plata, enmarcaban la imagen de Jesús arrodillado, con la mirada elevada al cielo, transmitiendo el sentir de una profunda angustia.
Delante, una fila interminable de nazarenos o penitentes, con sus túnicas y puntiagudos capirotes, que ocultaban sus rostros, avanzaba en silencio. Unos portaban grandes cirios de cera, mientras unos pocos caminaban descalzos o con cadenas atadas a sus tobillos, cumpliendo promesas, mostrando su fervor.
Comenzó su andadura el Señor Atado a la Columna. La talla, de una crudeza impactante, mostraba el cuerpo flagelado de Cristo. La multitud contenía el aliento, algunos ancianos se santiguaban con devoción. Precedían a este paso, un nutrido número de penitentes portando cirios encendidos cuyas llamas danzaban con la brisa suave. El olor a cera se intensificaba.
Un contraste de color y elegancia lo ofrecían las mujeres vestidas de mantilla negra. Con peinetas altas que estilizaban sus rostros y la sobria belleza del encaje cubriendo sus cabellos, precedían a la Santísima Virgen, con recogimiento. Sus ojos, a menudo humedecidos, reflejaban el dolor y la devoción. Sostenían rosarios entre una de sus manos enguantadas. Y en la otra un farol o una vela encendida.
El paso de la Virgen Dolorosa era el más esperado. La imagen, vestida con un manto negro bordado en oro que parecía pesar una eternidad, mostraba un rostro de infinita tristeza, con lágrimas cristalinas recorriendo sus mejillas pálidas. El silencio se hizo aún más profundo, roto solo por las notas lentas y melancólicas de una banda de música que interpretaba “Mi Amargura”. Muchas mujeres lanzaban suspiros y alguna que otra lágrima se escapaba de sus ojos.
Delante de la Virgen, un grupo de acólitos con dalmáticas portaban incensarios de plata, cuyo humo perfumado ascendía en espirales hacia el cielo crepuscular. El aroma intenso del incienso se mezclaba con el de las flores que adornaban el paso, creando una atmósfera casi irreal.
El único sonido el racheado caminar de los costaleros al compás de la formación musical que prestaba sus notas a la procesión. Tintineaban las bambalinas al golpear los varales del paso de la Santísima Virgen que seguía, paso a paso, a su Hijo.
La procesión serpenteaba lentamente por las estrechas calles empedradas, iluminada por la tenue luz de los faroles y los cirios. En cada esquina, la multitud se agolpaba para ver pasar las imágenes, rezando en silencio o musitando plegarias. Algunas personas se acercaban a los penitentes para pedirles estampas o dedicarle unas palabras de aliento. Los niños hacían sus bolas de cera, a base de ir recogiendo la que goteaba de los innumerables cirios de los nazarenos.
Al caer la noche, la procesión regresó lentamente a la iglesia. El cansancio era visible en los rostros de los costaleros, pero la satisfacción de haber cumplido con su cometido brillaba en sus ojos, abrazos y besos menudeaban entre las cuadrillas y sus capataces. Los penitentes, aliviados de su carga, se dispersaban en silencio. Las mujeres de mantilla regresaban a sus hogares con el peso de la solemnidad en sus corazones.
En la plaza, ahora casi vacía, aún flotaba el olor a cera e incienso, un recuerdo imborrable de la profunda fe y la tradición que se habían manifestado una vez más en las calles de aquella pequeña ciudad andaluza. La Semana Santa, con su mezcla de dolor y esperanza, había tocado nuevamente los corazones de sus habitantes.