Padul vive sus Cruces de Mayo entre flores y ambiente de hermandad
Por Francisco Molina
Padul, 3 de mayo de 2026
Padul volvió a celebrar sus Cruces de Mayo con propuestas repartidas por distintos puntos del municipio.
La residencia de mayores Fuente de la Salud, la Hermandad del Santo Sudario, la Hermandad de la Virgen de las Angustias y la Hermandad de la Virgen de los Dolores dieron forma a una jornada marcada por la convivencia, el trabajo voluntario, los recuerdos y el ambiente de pueblo. No fue una edición de grandes excesos ornamentales, pero sí dejó imágenes muy reconocibles: flores, mantones, macetas, maletas, fotografías antiguas, barras atendidas por voluntarios y espacios cargados de memoria.
Padul volvió a encontrarse con sus Cruces de Mayo. Lo hizo en una jornada marcada por un cielo algo incierto, con nubes durante el día y una bajada de temperatura al caer la noche. Aun así, el ambiente fue creciendo conforme avanzó la tarde. El mediodía dejó las primeras comidas, el tardeo animó los espacios y, ya por la noche, las actuaciones en directo y las barras de las hermandades dieron continuidad a una fiesta que sigue teniendo capacidad de convocatoria.
Este año se pudieron ver propuestas muy distintas entre sí. Algunas más sencillas, otras más pensadas desde una idea concreta, y otras sostenidas sobre todo por el trabajo de hermandad y la convivencia. Pero todas, a su manera, formaron parte de una tradición que Padul sigue reconociendo como propia.
La residencia Fuente de la Salud: una cruz sencilla con valor humano
Una de las cruces más discretas, pero también más significativas, fue la realizada en la residencia de mayores Fuente de la Salud. No buscaba espectacularidad ni grandes efectos visuales. Su valor estaba en otro lugar: en el proceso compartido.
La cruz fue confeccionada por trabajadores y residentes, con la colaboración del personal de la residencia en sentido amplio: equipo médico, dirección, administración, cocina y otros profesionales del centro. Más que una instalación para ser mirada desde fuera, fue una actividad pensada para implicar a los residentes, mantenerlos activos y hacerlos partícipes de una celebración reconocible.
La jornada se completó con un pequeño agasajo gastronómico, con migas, las clásicas saladillas y habas verdes, arroz y varias tapas preparadas para celebrar el día de la Cruz. En este caso, la prudencia con las fotografías resulta acertada: preservar la intimidad de los mayores es también una forma de respeto. La crónica puede contarse sin necesidad de exponer rostros ni escenas privadas. Basta con explicar lo esencial: una cruz sencilla, hecha entre todos, dentro de un espacio donde la tradición sirve también para acompañar.
El Santo Sudario: la presencia sobria de la Santa Cruz
La Hermandad del Santo Sudario instaló una pequeña cruz junto a la avenida de Andalucía, a la altura del Pub K-2. Cuando se realizaron las fotografías, aún no estaba abierta al público, por lo que la escena conservaba ese aire de preparación previa, de montaje a punto de ponerse en marcha.
No era una cruz grandiosa ni especialmente recargada, pero sí reunía los elementos básicos de la tradición. En ella se reconocía la voluntad de estar presente, de no dejar pasar la fecha y de mantener visible la Santa Cruz en un punto de tránsito del municipio.
Hay cruces que no pretenden imponerse por su tamaño. Funcionan como una señal. Están ahí, recuerdan una fiesta, activan una costumbre y mantienen viva la continuidad de una hermandad con su pueblo.
La Virgen de las Angustias: la emigración como memoria compartida
Una de las cruces con mayor carga simbólica fue la instalada por la Hermandad de la Virgen de las Angustias en la antigua estación del tranvía, frente al Centro Cultural Federico García Lorca. La elección del lugar fue muy acertada, porque la hermandad dedicó su montaje a la memoria de la emigración.
La cruz, realizada con flores de distintos colores, aparecía rodeada de maletas, fotografías antiguas, figuras evocadoras del viajero y referencias a quienes tuvieron que salir de Padul para buscar trabajo fuera. La escenografía remitía a la emigración hacia Francia, Alemania y otros destinos laborales, especialmente en épocas de campañas agrícolas como la vendimia o la recogida de manzana.
La instalación no necesitaba grandes excesos para funcionar. La cruz de flores, el espacio de la antigua parada, las imágenes antiguas y la figura del viajero componían una escena bonita, reconocible y muy ligada a la historia reciente de muchas familias de Padul. Las maletas, colocadas como esperando a sus dueños, daban al conjunto una lectura muy clara: la cruz no era solo un adorno, sino también una forma de recordar.
La Virgen de los Dolores llena de ambiente la Casa Grande
La Hermandad de la Virgen de los Dolores eligió la Casa Grande para instalar su cruz. El lugar, por sí mismo, ya aporta mucho: piedra, historia, patio y un ambiente especial. Allí, la hermandad levantó una cruz realizada con palomitas de maíz, rematada en el centro con mazorcas de maíz rosetero, colocadas como si formaran un sol.
Alrededor no faltaban mantones, encajes, macetas, recipientes de cobre, plantas y detalles tradicionales como el plato con la manzana, las tijeras y las monedas, acompañado del cartel “Un chavico pa’ la Santa Cruz”. La cruz tenía un sabor muy popular, de las de antes, con elementos sencillos pero reconocibles.
La hermandad aprovechó además la ocasión para seguir dando visibilidad al proyecto de su futura casa de hermandad, con el lema “No me llames Dolores, llámame Lola”. El solar situado en la calle Iglesia ya se encuentra limpio y preparado para que puedan comenzar las obras.
El ambiente fue uno de los puntos fuertes de esta cruz. Se vio a mucha gente de la hermandad trabajando como voluntaria, atendiendo la barra, la cocina, las mesas y todo lo necesario para sostener la jornada. Desde el mediodía empezó el movimiento y, conforme avanzó la tarde, fue aumentando la presencia de público. Por la noche, las actuaciones en directo terminaron de dar vida al patio de la Casa Grande.
Una tradición que merece seguir cuidándose
Las Cruces de Mayo siguen teniendo vida en Padul, aunque también dejan una reflexión. En otros años, cuando había concursos y más rivalidad sana, se notaba un esfuerzo mayor por levantar auténticos altares populares a la Santa Cruz. Había más detalle, más cuidado y más ganas de sorprender.
Ahora se mantiene la tradición, pero a veces se echa de menos ese punto de exigencia que empujaba a cada grupo a superarse. No se trata solo de competir, sino de cuidar lo que se monta, de darle sentido y de poner en valor el trabajo bien hecho.
Este año Padul dejó ejemplos distintos. La residencia Fuente de la Salud puso la parte más humana. El Santo Sudario mantuvo la presencia sencilla de la cruz en la calle. La Virgen de las Angustias aportó memoria y emoción con su homenaje a la emigración. Y la Virgen de los Dolores convirtió la Casa Grande en un espacio de encuentro, hermandad y fiesta.
Padul volvió a celebrar sus Cruces de Mayo. Con sus aciertos, sus límites y sus momentos. Pero, sobre todo, con gente detrás. Y mientras haya gente que monte, cocine, atienda, decore, recuerde y se quede hasta el final, la tradición seguirá teniendo vida.