Hebreo y hebrea en Santa María la Mayor: los Titulares de la Borriquilla de Padul, en clave de Cuaresma
Por Francisco Molina Muñoz
Padul, 7 de febrero de 2026
En la Iglesia Parroquial de Santa María la Mayor, con esa luz limpia que entra por los ventanales altos y deja el templo casi en silencio, los Sagrados Titulares de la Hermandad de la Borriquilla de Padul lucen estos días el atuendo de hebreo y hebrea. Es una forma de vestir muy asentada en el calendario cofrade: no pretende “disfrazar”, sino situar la escena —y el ánimo— en el tiempo previo a la Pasión, con un lenguaje visual reconocible y sobrio.
Detrás de este montaje, como viene ocurriendo desde hace años, está el trabajo del vestidor Miguel Ángel Padilla Pérez, que vuelve a demostrar algo que en Padul valoramos mucho: el equilibrio entre el detalle y la medida, entre la estética y el sentido común. Aquí no hay alarde; hay composición.
Nuestro Padre Jesús de la Victoria: sobriedad y lectura bíblica
En el Señor, lo primero que se impone es la túnica azul oscura, de presencia serena, casi austera, muy acorde con el tiempo cuaresmal. Sobre ella se dispone un paño claro de inspiración hebrea, con franjas azules y finos acentos dorados, rematado con flequería: un guiño inmediato al imaginario bíblico que las hermandades han asumido desde hace décadas como código compartido.
El tocado, igualmente claro, enmarca el rostro y aligera el conjunto. La imagen, con la mano alzada, gana en cercanía: no hace falta recargar para que “hable”. Y ese es uno de los aciertos del montaje: todo acompaña, nada compite.
La escena se completa con la borriquita, cuidada también en sus complementos: destaca la testera bordada en tonos rojos y dorados, las borlas y los pequeños cascabeles que aportan un matiz popular, casi doméstico, sin romper la contención general. El cordón dorado que cae a un lado y el paño que asoma como manta o adorno de la montura terminan de encuadrar una estampa que, sin necesidad de palabras, remite al Domingo de Ramos.
Nuestra Señora del Valle: una hebrea de color y recogimiento
En la Virgen, el conjunto ofrece una lectura distinta, más de cobijo y recogimiento. El gran manto azul, amplio y envolvente, dibuja una silueta clásica, mientras el vestido rojo introduce el contraste: un color que, en clave cofrade, siempre tiene algo de latido y de herida, sin caer en dramatismos gratuitos.
Sobre el pecho aparece el elemento más reconocible del “estilo hebrea”: un tejido a rayas en tonos tierras y azules, que se repite en la faja y en la caída del ceñidor. Esa repetición ordena el conjunto y le da coherencia visual. Los blancos del tocado y del velo, muy luminosos, equilibran la intensidad del azul y del rojo, evitando la pesadez.
En las manos, los símbolos están medidos: el rosario, la corona de espinas… detalles que no necesitan explicación teológica para entenderse como signos de la Pasión. Y sobre la cabeza, la aureola de estrellas remata la composición con un trazo limpio, sin exceso de ornamento.
Vestir también es contar
El atuendo de hebreo y hebrea se entiende bien cuando se mira con calma: no es una “moda” ni una ocurrencia reciente, sino una manera de traducir visualmente el relato evangélico en un lenguaje que nuestras hermandades han hecho propio. En Padul, además, tiene un valor añadido: permite ver a los Titulares en un registro distinto, más narrativo, como si el templo se convirtiera —por unos días— en un escenario contenido donde la escena está a punto de ponerse en marcha.
La sensación final es esa: Cuaresma sin estridencias, con gusto en los paños, con color bien administrado y con una idea clara de conjunto. Lo que se ha buscado no es impresionar, sino acompañar. Y eso, cuando se trata de vestir a dos imágenes con tanta presencia, no es poca cosa.