Padul aprende a trenzar su Domingo de Ramos en un taller que recupera una tradición de siempre
Por Francisco Molina
Padul, 27 de marzo de 2026
Durante cuatro jornadas, Padul ha vuelto a mirar de cerca una de esas costumbres que parecían sabidas, pero que solo se comprenden de verdad cuando se ponen entre las manos. El taller de trenzado de palma promovido por el Ayuntamiento, dentro de la VIII Ruta Cofrade, ha reunido a vecinos de distintas edades en torno a una labor paciente, delicada y muy ligada a la víspera del Domingo de Ramos. Al frente de las explicaciones, Lázaro Martín Romera, acompañado por José Javier y Manuel Carlos, ha guiado a los participantes en un aprendizaje que no se queda en la simple manualidad: habla de memoria, de transmisión y de una forma de mantener vivo un gesto propio de la Semana Santa paduleña.
Hay tradiciones que no necesitan grandes escenarios para seguir teniendo sentido. Les bastas unas borriqutas, unas cuantas sillas, varias palmas recién puestas a disposición de los asistentes y alguien que sepa enseñar sin prisa. Eso es, en el fondo, lo que ha ocurrido en Padul desde el pasado 23 de marzo y hasta este 26 de marzo con el taller de trenzado de palma blanca impulsado por el Ayuntamiento dentro de la VIII Ruta Cofrade: una cita sencilla en la forma, pero de un valor cultural y humano mucho mayor de lo que a primera vista podría parecer.
A lo largo de estos días, un nutrido grupo de paduleños y paduleñas ha participado en una experiencia que no se limitaba a contemplar cómo se hace una palma rizada, sino que invitaba a entrar en la tarea, a probar, equivocarse, repetir y entender desde dentro un trabajo que durante muchos años ha formado parte del paisaje de la Semana Santa local. La concejala Antonia Cordovilla Márquez se ha sumado también a la actividad, compartiendo taller, atención y práctica junto al resto de participantes.
El ambiente, por lo que muestran tanto las imágenes como el desarrollo de la actividad, ha tenido mucho de convivencia y también mucho de aprendizaje real. No era un acto de exhibición. Era, más bien, un espacio para sentarse, escuchar, mirar de cerca y dejar que las manos fueran comprendiendo lo que al principio parece difícil. Porque el trenzado de palma, visto desde fuera, puede dar la impresión de responder a una mecánica sencilla. Basta ponerse delante de una hoja para descubrir que no hay nada automático en ello.
En ese proceso han sido fundamentales las explicaciones de Lázaro Martín Romera, bien conocido por su dedicación continuada al arte de la palma blanca, acompañado en esta ocasión por José Javier y Manuel Carlos. Entre los tres han ido marcando el ritmo de un curso que partía desde lo básico y buscaba algo muy concreto: que cada asistente pudiera afanarse en su propia palma, comprender la lógica del trenzado y salir del taller con una pieza hecha por él mismo.
Ese detalle no es menor. El verdadero acierto de esta iniciativa ha estado precisamente en eso: en no convertir la tradición en una mera exhibición decorativa, sino en devolverla al terreno de lo vivido. Cada participante ha podido elaborar su propia palma con el material facilitado por el Ayuntamiento de Padul y, una vez terminada, llevarla a casa con vistas al Domingo de Ramos. Ahí es donde el taller cobra una dimensión más honda, porque la palma resultante no es un objeto comprado ni recibido sin más, sino una pieza a la que se llega después de varias horas de atención, de ensayo y de paciencia.
Y en Padul esa palma no termina su recorrido el día de la procesión. Como sigue ocurriendo en muchas casas del pueblo, después del Domingo de Ramos pasa a ocupar su lugar en balcones y fachadas, donde permanece colgada hasta la siguiente Semana Santa. El taller, por tanto, no solo enseña a hacer una palma: ayuda a entender mejor el sentido de una costumbre doméstica, visible y heredada, que forma parte de la imagen cofrade del municipio.
En un tiempo en el que tantas prácticas tradicionales corren el riesgo de quedarse reducidas a la nostalgia o a la simple evocación verbal, propuestas como esta tienen un valor añadido. Recuperan el conocimiento manual, le dan continuidad y lo ponen en contacto con nuevas generaciones y con vecinos que quizá nunca se habían enfrentado directamente a este trabajo. En las fotografías se aprecia esa mezcla de edades y perfiles que hace especialmente valiosa la experiencia: personas mayores, adultos y jóvenes compartiendo espacio, dudas, avances y resultados.
No deja de tener algo significativo que uno de los nombres centrales de este taller haya sido precisamente el de Lázaro Martín Romera. Quien leyera hace unos días la entrevista publicada sobre él sabe hasta qué punto su relación con la palma blanca viene de lejos, de la infancia, de los primeros aprendizajes recibidos en Padul y de una constancia mantenida durante décadas. Su presencia aquí no responde solo al dominio técnico, sino también a una forma de entender este trabajo como algo que merece ser transmitido. Enseñar, en este caso, no consiste en resolverle la palma al otro, sino en acompañarlo para que sea él quien descubra cómo empieza a salir.
Eso se ha percibido también en el cierre del curso, que ha concluido con un notable éxito de participación y con la satisfacción lógica de quienes han podido terminar su palma trenzada y llevársela consigo. No es difícil imaginar lo que eso significa para alguien que empezó el primer día sin saber por dónde meter mano a una hoja de palma y ha terminado viendo cómo de ese material liso y aparentemente indócil iba surgiendo una forma reconocible, suya, hecha en primera persona.
También conviene subrayar el papel del Ayuntamiento de Padul, no solo por haber promovido la actividad, sino por haber facilitado tanto el local como el material necesario para su desarrollo. A veces se habla de conservar las tradiciones como si bastara con invocarlas. La realidad es otra: para que algo permanezca, hacen falta tiempo, espacio, medios y personas dispuestas a implicarse. En este caso, esa implicación institucional ha encontrado además la respuesta de un grupo amplio de vecinos que ha llenado de sentido la propuesta.
La sensación final que deja este taller es clara: cuando una tradición se comparte de verdad, deja de ser una palabra abstracta. Se convierte en una experiencia concreta, en una conversación entre quienes enseñan y quienes aprenden, en una tarde de concentración, en unas manos que empiezan con torpeza y terminan entendiendo algo que hasta entonces solo habían visto desde fuera. Y, sobre todo, se convierte en una manera de asegurar que lo propio no se conserve únicamente en la memoria, sino también en la práctica.
Padul ha clausurado así un curso que ha ido bastante más allá de lo artesanal. Ha sido una pequeña escuela de paciencia, un punto de encuentro entre vecinos y una forma eficaz de devolver presencia a una costumbre muy vinculada al calendario cofrade del pueblo. Cuando dentro de unos días esas palmas aparezcan en la calle, en la procesión o colgadas en los balcones, no serán solo un signo externo del Domingo de Ramos. En muchos casos llevarán detrás el recuerdo reciente de estas jornadas, de las explicaciones de Lázaro, José Javier y Manuel Carlos, del compañerismo entre los asistentes y de la satisfacción íntima de haber hecho con las propias manos algo que merece la pena conservar.
Participantes en el taller de trenzado de palma promovido por el Ayuntamiento de Padul, tras concluir varias jornadas
de aprendizaje dentro de la VIII Ruta Cofrade.Foto cedida.
Con iniciativas así, Padul no solo recuerda una tradición: la ejercita, la comparte y la pone a salvo del olvido. Y eso, en un tiempo de costumbres cada vez más frágiles, ya es mucho decir.