Tradición y cambio al unísono en la Hermandad del Señor
Por Juan Francisco Ruiz Romero
Padul, 25 de marzo de 2026
No todos los cambios se entienden al principio, pero algunos nacen para salvar el alma de una hermandad.
Hablar de una hermandad es hablar también de su memoria, de sus heridas, de sus transformaciones y de todo aquello que, con el paso de los años, va moldeando su identidad. Hay cambios que generan dudas, resistencias e incluso nostalgia. Sin embargo, también los hay que nacen de una necesidad profunda: la de preservar una forma de sentir, de rezar y de caminar juntos.
Hoy quiero detenerme precisamente en eso: en los cambios vividos dentro de la hermandad en la que me crié desde pequeño. Porque hay momentos en la vida de una corporación que no solo se recuerdan; se quedan dentro, como si el tiempo no hubiera pasado. Para quienes hemos crecido entre trabajaderas, olor a incienso, música cofrade y silencios que dicen más que muchas palabras, la Semana Santa nunca ha sido solo una fecha en el calendario. Ha sido, y sigue siendo, una manera de entender la vida.
Recuerdo cuando todo era distinto. Cuando nuestro Santo Sepulcro procesionaba sobre ruedas, humilde pero digno, avanzando entre la devoción de un pueblo entero. Aquel tiempo forma parte de mis primeros recuerdos cofrades. Fue entonces cuando mi abuela me enseñó a amar al Señor sobre todas las cosas. En los bajos de su casa se arreglaba al Santo Sepulcro antes de salir en procesión, y en aquel rincón, casi sin darme cuenta, comenzó a forjarse mi propia historia de fe.
Después llegó 1999 y, con aquel año, un momento que muchos guardamos en la memoria: ver por primera vez al Señor alzado a hombros. Aquello no fue simplemente un cambio organizativo ni una novedad estética. Fue una declaración de amor a nuestro titular. En el pueblo se hablaba de aquel paso enorme al que muchos llamaban “el Titanic”, llevado por decenas de hombres que rezaban con sus pies al son de la Banda de los Viejos. Nadie quedaba indiferente al verlo pasar.
Yo entonces era un niño, pero no faltaba a un solo ensayo. Iba con mi padre y, como otros tantos pequeños, me subía a lo alto del paso soñando con el día en que pudiera estar debajo de él. Años después, hacia 2008, tuve la suerte de compartir varal con mi padre durante dos años que siguen ocupando un lugar privilegiado en mi memoria. Son de esos recuerdos que el tiempo no desgasta.
Con el paso de los años, la hermandad fue madurando y perfilando mejor su carácter. Poco a poco fue asentándose una identidad más definida: una hermandad de negro, de recogimiento y de silencio. Uno de los primeros signos de ese cambio fue la intención de adaptar el acompañamiento musical a ese sello, dejando atrás marchas más alegres para abrir paso a otras de corte más fúnebre y acorde al espíritu del Santo Sepulcro.
Pero mientras la hermandad intentaba afirmarse en ese camino, también comenzaban las dificultades. Cada vez era más complicado encontrar portadores para sacar al Señor por las calles de Padul en la noche del Viernes Santo. Los años no pasan en balde, y aquellos hombres de trono que durante tanto tiempo habían sostenido el peso de la devoción iban llegando a una edad en la que continuar resultaba cada vez más difícil. Fueron tiempos complicados, de preocupación y de incertidumbre.
Fue entonces cuando, de la mano de Rosa, la hermandad decidió afrontar la situación con valentía. Por un lado, se apostó por recomponer y fortalecer la Junta de Gobierno con personas que habíamos querido a la hermandad desde siempre, aunque en aquel momento no estuviéramos vinculados directamente a ella. En mi caso, me encontraba en otra cofradía, la del Santísimo Cristo Crucificado, donde siempre fui recibido con cariño y tratado de la mejor manera. No fue fácil despedirme de aquella cuadrilla para regresar a la hermandad de toda mi vida.
Además, a ese recuerdo se une uno de los momentos más duros que he vivido. Con aquella cuadrilla afronté la chicotá más difícil de mi vida: la del fallecimiento de mi abuela. Antes de morir, un Jueves Santo, me dijo una frase que no se me olvidará jamás: “Mañana, pase lo que pase, tienes que estar con el Señor”. Y así fue. Después de enterrarla en la mañana del Viernes Santo, por la tarde estuve allí, junto al Señor, queriéndolo tal como ella me enseñó. El arropamiento que recibí entonces por parte de aquella cuadrilla fue inmenso, y siempre les estaré agradecido.
En paralelo, la hermandad comenzó a tomar decisiones importantes. Mientras el Resucitado crecía con fuerza en su cuadrilla a costal, el Sepulcro seguía sufriendo para encontrar una salida viable. Por eso se optó por impulsar la realización de un nuevo paso más pequeño, más liviano y adaptado a las necesidades reales de la corporación, permitiendo mantener la salida con portadores en el Sepulcro y a costal en el Resucitado y en el Corpus. A ello se sumó también la recuperación del muñidor, figura que había formado parte del cortejo tiempo atrás, así como la sustitución de la banda de música por una capilla musical. No eran cambios aislados: respondían al deseo de dotar a la hermandad de un sello propio, coherente con su personalidad.
Aun así, reunir portadores seguía siendo cada vez más difícil. Tras dos años de intentos, de búsqueda y de insistencia, la hermandad escuchó a los jóvenes que venían empujando con fuerza y decidió dar un paso que hoy ya es historia: el cambio al costal.
No se trataba únicamente de cambiar una forma de cargar. Se trataba de cambiar una forma de vivir la estación de penitencia. El costal abre una manera distinta de rezar con el cuerpo, de asumir el esfuerzo desde el anonimato del faldón, de dejar que todo el protagonismo recaiga únicamente en el Señor. Este año no cambia solo una técnica; cambia también una manera de sentir, de sufrir y de ofrecerse. No fue una decisión fácil, ni tampoco unánime, pero la realidad obligaba a afrontarla: continuar a hombros nos acercaba peligrosamente a un escenario que nadie quería volver a contemplar.
El proceso no ha sido sencillo. Como sucede en todos los comienzos, ha habido incertidumbre, dificultades y momentos en los que parecía que no se llegaba. Reunir el número necesario de costaleros ha costado mucho. Algunos se comprometieron y, cuando llegó el momento decisivo, dieron un paso atrás. La situación se complicó, pero finalmente el amor al Señor de veintidós jóvenes hará posible que el Santo Sepulcro vuelva a hacer estación de penitencia.
Y ahí es donde nace también el orgullo. Porque hoy puedo decir, con sinceridad, que me siento profundamente orgulloso de pertenecer a esta cuadrilla que va a escribir una página nueva en la historia de la Hermandad. Sobre mí ha recaído además una responsabilidad grande: ayudar a formar este grupo, enseñar a andar, preparar costales, cuidar la ropa y transmitir ese mimo que exige una hermandad distinta, con un estilo propio y una manera muy concreta de entender la noche del Viernes Santo.
Aquí la música deja paso al silencio. Aquí el compás lo marcará el rachear de veintidós almas bajo el paso. Aquí el compañerismo, la humildad y la fe deben ir por bandera. Y aquí, bajo las ropas negras, costaleros y costaleras llevarán en el corazón la música que no sonará fuera, mientras dan testimonio de la muerte del Señor.
Porque ser costalero no es solo cargar un peso. Es abrazar una tradición. Es convertir el esfuerzo en oración. Es ponerse al servicio de algo que va mucho más allá de uno mismo. Y quien entra de verdad en ese mundo sabe que ya nunca sale del todo.
Cuando llegue la noche del Viernes Santo y el silencio vuelva a apoderarse de Padul; cuando el mundo parezca detenerse y solo se escuche el leve rachear de los pies bajo el paso, entonces muchas cosas cobrarán sentido.
Bajo ese faldón no irán solo veintidós costaleros. Irá la historia de un pueblo. Irá la fe heredada de muchas generaciones. Irán también las manos y los recuerdos de quienes ya no están, pero siguen sosteniéndonos desde dentro. Irá la mirada de una abuela, el orgullo de un padre, y la ilusión de aquellos niños que hoy sueñan con estar ahí mañana, como un día soñamos nosotros.
Y entonces, cuando todo se haga silencio, Él hablará.
Y en ese diálogo íntimo, callado y verdadero, comprenderemos que todo ha merecido la pena.