VII Exaltación
al Costalero de Padul
Antonio Cristóbal Juarez Soto
Centro Cultural Federico García Lorca
8 de marzo de 2026
Señor Cura Párroco, querido Don Carlos, excelentísima señora alcaldesa, amiga Celia, miembros de la corporación municipal, presidente y junta de la Federación de Cofradías, hermanos y hermanas mayores, juntas de gobierno, costaleras, costaleros y por último el título que más nos une: paduleños, paduleñas, buenas tardes y muchas gracias por estar aquí.
Muchas gracias, Noelia por tus amables palabras. En primer lugar, quiero agradecer al Ayuntamiento de Padul por confiar en mi para este acto de exaltar la figura del costalero. Es un gran privilegio y una gran responsabilidad, ya que hoy me toca representar a uno de los colectivos más numerosos de nuestro pueblo, los costaleros y costaleras.
Bueno, no sé si habrá más funcionarios de prisiones y maestros que costaleros, pero si no, por ahí debe andar la cosa.
Enfrentarse al reto de un papel en blanco sobre el que plasmar todo lo que el mundo del costal supone para mí, se me ha hecho tan duro como una chicotá cuando el paso viene de vuelta y las rodillas ya no están tan firmes como en la salida.
Y es que resumir en un rato, todo lo que se vive debajo de un paso es muy complicado porque entre un “A ESTA ES” y un “AHÍ QUEÓ” cabe la vida misma. Es un espacio de pocos minutos en los que caben todos los sentimientos humanos.
Caben el miedo y la incertidumbre, en los eternos segundos que abren paso al sonido del llamador.
Cabe el dolor de un paso que al mismo tiempo que te aplasta el cuerpo, te ensancha el alma.
Caben el sacrificio y el esfuerzo que nadie ve.
Cabe la rabia cuando ves que se te agotan las fuerzas.
Pero también, caben la alegría y el orgullo, de sentir que formas parte de algo mucho más grande que tú.
Porque al final, y si me permiten la comparación, esto de ser costalero, no es sino un reflejo de lo que es la vida. Por eso no se extrañen si rebuscando en estas palabras, encuentran una cita de un grupo de rock, una referencia futbolera, una canción indie o algo que les suene a un pasodoble de carnaval, ya que cuando este veneno costalero se te inocula contagia absolutamente todos los aspectos de tu ser por muy antagónicos y contradictorios que puedan parecer, difuminando todas las fronteras que existan entre ser cofrade y ser persona.
Y como en la vida, debajo de un paso, también se aprende a base de golpes, de apretar los dientes cuando fallan las piernas, de confiar en los demás que no van a dejar que te caigas, aunque los kilos no den tregua.
Y también, por supuesto, se aprende de grandes maestros, los que antes que tú han abierto el camino. Y debo decir, que, en este aspecto, soy un tipo con suerte, porque siempre he tenido muy buenos maestros.
Dentro de los pasos, los míos, los que son la envidia cofrade de cualquier tertulia que se precie, que me enseñaron a amar este oficio y a querer ser uno más de ellos y que también me enseñaron que para juntar la noche con el día solo hacía falta, una Pepsi, una bolsa de pipas y muchas toneladas de amor por nuestros titulares y nuestra cofradía.
Y más allá de los faldones, en esta chicotá que es la existencia, tuve todavía mejor suerte, porque me tocó rachear mis pasos siguiendo a dos enormes costaleros de la vida.
Mis padres se han enfrentado a ella, como el mejor costalero se enfrenta a una pelea con los kilos, con humildad, con honestidad, con determinación y con un arrojo indesbordable. Porque, créanme si les digo que la calle se les ha puesto cuesta arriba en muchas ocasiones, que muchas veces les han echado tantos kilos encima que la batalla parecía perdida, pero siempre, como los buenos costaleros, han rebuscado fuerzas de donde parecía que solo había vacío, para enfrentarse a lo que tuvieran por delante y lo han hecho también, como los buenos compañeros de trabajadera, con generosidad, porque todo lo que han conseguido ha sido para los demás, para que las chicotás de los que vengan, no sean tas duras como lo fue la suya.
Y por si fuera poco, me han dado al mejor compañero de palo que jamás he tenido, y les prometo que los he tenido muy buenos. Mi hermano, no se ha puesto un costal en la vida, pero no le ha hecho falta para demostrarme, que cuando todo parece estar perdido, siempre se renace, que cuando faltan las fuerzas, sobra la voluntad y que no hay día tan oscuro que él no sea capaz de iluminar con su sonrisa.
En realidad, creo, que si me gusta tanto esto de la Semana Santa es porque puedo compartirla con él.
No crean, amigos, que no hay en mi casa una discusión con esto, sobre quién es más cansino de los dos, lo que sí está claro, es que es mi mamá, que no es muy aficionada a esto de las cofradías, la que tiene que sufrirnos a los dos, tan pesados y tan distintos.
Él, tan de Caridad del Guadalquivir, yo, tan de Soleá, dame la mano. Él, tan de El Galileo, yo, tan de Alma de Dios. Él tan de tambores y cornetas, yo, tan de capilla musical. Y sin embargo, como pueden imaginar y como suele ser habitual manda él, que para eso es el viejo y nuestros trayectos en coche se resumen innegociablemente, en la repetición hasta la saciedad de ese triunvirato antológico y cascabelero que forman Pasan los Campanilleros, Nuestra Señora de Guadalupe y su favorita, Rosario de Montesión. Menos mal que nuestros trayectos normalmente no son muy largos, porque si tuviéramos que ir desde la Fuente de la Salud hasta Berlín, a Berlín me llevaba escuchando solo esas tres marchas.
Pero amigos, como lo disfruto, sé que nunca voy a compartir trabajadera con él, pero que privilegio es compartir estos ratos.
Sé que nunca va a tirarme del costal y que nunca tendré que apretarle la faja, pero que suerte compartir mi pasión con mi hermano.
Porque, aunque nunca tengamos una foto vestidos de costaleros delante del Señor de la Victoria, tenemos la suerte de tenernos y, sobre todo, tengo la suerte de poder presumirlo.
Porque mi hermano, no mete el morrillo, pero aguanta como nadie los kilos, porque mi hermano, no anda sobre los pies ni de costero a costero pero jamás ha perdido el paso de la más absoluta bondad y es que en estos tiempos tan inciertos, donde cada vez cuesta más encontrar una certeza, yo solo tengo que asomarme a sus ojos para entenderlo todo, para saber que el mundo se sostiene sobre algo firme. Y es que su mirada, como la del que todo lo puede, es tan de verdad que guarda en su hondura unos ojos de divina, y buena persona.
Y quizás por eso, cada vez que me asomo a esos ojos que me sostienen, inevitablemente vuelvo a los primeros ojos que aprendí a mirar con devoción. Vuelvo a aquella mañana en que mi padre me llevó por vez primera de la mano a la Santísima Trinidad.
Recuerdo perfectamente las sensaciones, el olor, aquellos hombres que construían un manto de claveles pinchando palillo a palillo cada una de las flores que harían de alfombra para el Señor, recuerdo a los mayores, compartiendo media botella de vino y un puñao de habas pelás.
Recuerdo la dura pugna con los niños de aquella placeta por ser uno de los que aquella noche iba a empujarle más fuerte que nadie al viejo carro de la Oración del Huerto. Y es que, cuando todavía no había costaleros, yo ya soñaba con ser los pies del Señor que se arrodilla bajo un olivo tan nuestro que bien podría ser en Camperte en vez de en Getsemaní, cuando ni siquiera sabía lo que era una levantá yo ya quería volar alto con el Cristo de mi abuelo.
Porque, aunque tenga por domicilio la Calle Príncipe, el Señor del Huerto es Soberano y no es solamente una imagen que vuelve a la calle cada Viernes Santo. Es el lazo que me ata a lo que fui y la raíz que me sostiene en lo que soy. Es el Cristo de mi abuelo, al que no pude escuchar ni darle la mano, pero al que aprendí a mirar viendo como lo miraban los míos. Es el Cristo de mi padre, que me enseñó a quererlo sin hablar, solo dejando que el ejemplo señalara lo importante.
Y será, cuando tenga que ser, el Cristo de mis hijos y no porque yo se lo imponga, sino porque lo verán en mis ojos cuando pase, porque notarán como se me llena de orgullo la voz al nombrarlo y porque entenderán que hay cosas que se heredan sin darse cuenta.
Y es que se puede cambiar de calle, de edad, de equipo de fútbol o incluso de cofradía, pero nunca podré dejar de pertenecer al Señor al que aprendí a amar de niño.
Por eso, aunque alguna vez no sean mis pies los tuyos, aunque alguna vez no sea tu peso el que descanse sobre mí, habrá un costal que nunca podré quitarme, el de saberme tuyo, porque, aunque no oiga el crujir de tus maderas, mientras que mi corazón se acompase a tu caminar certero, seguiré siendo, Señor del Huerto, tu costalero.
Pero también hay amores que no se heredan, que llegan casi sin avisar y que sin darte cuenta pueden cambiar tu vida para siempre.
Mi amor, no fue un flechazo. Fue un juego que se fue alargando en el tiempo, una curiosidad que nacía despacio, hasta que un día decidí dar el paso, y que caprichoso es el destino, que aquella noche era la víspera del día de los enamorados.
Igual que recuerdo la mañana en la que mi padre me llevó por vez primera a la Santísima Trinidad, todavía puedo sentir el frío de aquella noche de febrero en la que me atreví a cruzar el Rubicón del Barrio de San Antonio, porque hay fronteras que no son líneas, sino decisiones.
Mi querido amigo Jacinto, uno de los metrónomos del compás inigualable con el que el blindado de plata surca Padul cada Domingo de Ramos, me abrió las puertas, sin solemnidad, como se hacen las cosas de verdad.
Me dijo: Vente, que te va a gustar.
Y vaya si me gustó.
Han pasado más de diez años y todavía cruzo ese callejón con el respeto y la ilusión del que entra en tierra prometida, sabiendo que en ella encontré un hueco que no sabía que existía pero que estaba esperando para mí.
Y de pronto me vi atrapado en esa bendita red, que con tanto cuidado y tanto trabajo callado lleva 25 años tejiendo la familia de la Borriquilla.
Una red que no captura, sino que acoge, que te acuna en un izquierdo, para abrirte las puertas de costero a costero.
Que te manda un picao con el izquierdo por delante, para sincronizar tu latir al de todos los restantes. Que pide tres pasos para que pierdas el miedo y sientas que tú también puedes.
Y que cuando lanza el costero largo, lo para en las esquinas, para que todos lo vean y para quien quiera descubra que siempre hay un sitio esperando en la grupa de ese pollino.
Y cuando crees que ya no se puede bordar más, te manda un burra reposao en el derecho que te levanta del suelo y te lanza por un instante más allá de los confines del cielo.
Y cuando vuelves de ese vuelo, cuando los pies regresan al suelo y el compás vuelve a hacerse humano, entiendes que todo empieza mucho antes de que el paso pise la calle.
Había en la Casa Hermandad de la Burra, un viejo patio lleno de trastos y de chismes, como el de cualquier casa, pero que cada Domingo de Ramos se convertía en el camerino donde los hombres del Señor, como decía un pregonero, se revestían de héroes.
Afortunadamente, la cofradía creció tanto que hubo que convertir ese patio en un almacén de sueños cumplidos y se cambió por la Placeta del Molino para compartirlo con las mujeres valientes que alfombran de azahar el ocaso del Domingo de Ramos.
Y desde entonces, la Placeta del Molino, es mucho más que un rincón del barrio:
Es el antecamarín de la gloria
La capilla de los sueños
El hogar del último abrazo
El refugio del último beso
El germen del primer venga de frente
El altar de las promesas
La morada de los nervios compartidos
El cenicero de los últimos cigarros
La trastienda de la ilusión
El fondo de la última fotografía
Y el umbral de la puerta por la que entran niños y salen costaleros
Y cuando todo está dicho, cuando la última foto está guardada y el último cigarro se ha apagado llega el momento de subir la calle.
Y esa calle se convierte, si me permiten el símil, en el túnel de vestuarios que conduce a una gran final. Ya no hay bromas, ya no hay ruido, solo silencio y al otro lado, en lugar del Etihad Stadium o del Parque de los Príncipes, te esperan las ansiadas trabajaderas.
Bajo ese faldón, apenas se cuelan, tamizadas por la trama del respiradero, las luces largas de las tardes de la primavera. Allí solo se intuyen oraciones musitadas, recuerdos que se agolpan y muchos, muchos nervios.
Y entonces, llega el llamador.
Tres golpes, como tres llamadas a la puerta de la vida.
Y responde uno de esos hombres, que hasta hace un rato solo era un niño solando con ser costalero.
Pero esta vez, quien responde es uno que soñó tan fuerte que logró contagiarnos el sueño a los demás. Y sí, sé que esta mención me costará una pelea, porque si algo define a ese hombre es la humildad con la que siempre ha hecho las cosas, pero estoy seguro, de que la historia, que al final, siempre es más justa que los hombres, le reconocerá a Andrés todo lo que ha hecho por la Semana Santa de Padul.
Pero volvamos ahí dentro, donde de nuevo hay silencio.
Y de pronto, el primer “a esta es”.
Y se va al cielo el misterio portentoso del Dios Bueno del Domingo de Ramos.
Y lo que viene después es tan grande, queridos amigos, que no sé cómo contarlo, porque ni siquiera sé si lo he vivido o si solo ha sido un trozo de cielo paseando por las calles de Padul.
Y quizás por eso, porque el cielo tiene desde hace tiempo la costumbre de bajar cada primavera a esta tierra, Padul hace mucho tiempo que aprendió a caminar bajo los pasos.
Porque los de este pueblo son costaleros que saben que sobre su costal no solo descansa un paso de Semana Santa, saben que descansa el peso de todo el legado de la historia de nuestro pueblo, y que no son, sino parte fundamental de su propia identidad.
Y es que, aunque, no tenga bandera, ni sobre este rincón se hayan cantado mil historias, Padul tiene algo que ya quisiera cualquier patria, el orgullo de los suyos de saberse paduleños y paduleñas, de saber que, aunque por nacer aquí te va a tocar tener que pelear más fuerte, lo harás bajo la suerte de pertenecer a algo tan grande, que solo se reconoce a través de lo sencillo:
a través del haz de leña que cada enero nunca le falta a quien ya no está,
de la silla del fresco que convierte el verano de nuestras calles en el más sabio de los parlamentos
del “vamos” convertido en el más distinguido de los saludos
o de los papeles revoloteando por los jardines el día después de la feria, como la exacta definición de la nostalgia.
Y por supuesto a través del latido común, que cada primavera se mete debajo de un paso para que su pueblo vuelva a caminar.
Y también hay costaleros que hoy no están aquí. Huecos en esta cuadrilla, hombres y mujeres que tuvieron que sacar papeleta de sitio a muchos kilómetros de las tres cruces para poder labrarse el futuro que esta tierra les negaba, pero que entre marzo y abril siempre regresan como pueden, aunque sea solo con la memoria.
Ellas, que desde una ciudad lejana sufren con cada foto en la que no están.
Ellos, que desde una tierra extraña añoran el sabor de una tortica de masa cuando escuchan una marcha el miércoles de ceniza.
Ellas y ellos, que maldicen cada paso que da su cofradía sin que sea tu talón el que arranque del suelo un trozo de historia de su pueblo.
Porque ser costalero de Padul no siempre significa ir debajo de una paso, a veces solo significa llevarlo dentro, aunque la vida te haya obligado a rachear tus pasos muchos kilómetros al norte de la cruz de la atalaya.
Y quizás por eso, nuestra Semana Santa, es como este pueblo; rica, diversa y llena de matices. Una Semana Santa poliédrica, con tantas caras como historias tiene Padul-
Porque a ella se llega de mil maneras: desde la ilusión por ser uno más de los costales que se aprietan bajo las maderas, desde la acera, desde una manos vencidas por el tiempo cogen una estampa de la imagen que aprendieron a querer de niños, desde el músico de la Banda San Sebastián que rompe la tarde con una marcha, desde las manos que bordan un manto o que ponen las flores de un paso, o desde la distancia, desde ese lugar lejano donde alguien sigue cada chicotá con el corazón encogido porque su pueblo está andando sin él.
Y es que hay tantas formas de vivir la Semana Santa como personas la hacen posible. Y por eso en Padul hay tantas formas de llevar los pasos:
Hay cuadrillas que andan con las puertas abiertas, como la de la Flagelación, hogar de tantos amigos y que siempre tiene el umbral de su casa de par en par, para que nadie se sienta extraño bajo la dulce mirada del Señor atado a la columna.
Y cuadrillas como la del Santo Sudario, movidas por el nervio limpio de los que empiezan y por la alegría de las primeras chicotás y que hoy sería el orgullo de Pechín, aquel hombre bueno que sostuvo esta Hermandad cuando no había hombros que quisieran cargar con esa cruz.
Hay cuadrillas que caminan con la sabiduría que da el tiempo, como lo hacen los decanos costaleros del Señor que pinta de morao las noches de Viernes Santo en la Calle del Horno y que mantienen viva a la primitiva cuadrilla fundacional de los costaleros paduleños.
También tiene Padul, cuadrillas que nunca caminan solas, como la de la Virgen de los Dolores, porque los pies que forman el caudaloso río de pasos que siguen la senda de su dolor son parte de la devoción heredada y que se aprende mirando como le rezaban quienes nos enseñaron a querer.
Hay por la placetilla de San Juan una cuadrilla que anda con la frescura de las cosas verdaderas y con la herencia del pulso tranquilo de la gente del campo, la del discípulo amado que permaneció al pie de la cruz y el que cada viernes santo recorre Padul para encontrase con su madre que camina envuelta en su dolor.
También hay cuadrillas de andar largo y. reposao, como la que trae desde las viejas murallas a ese prodigioso poema de la gubia que es el Santísimo Cristo Crucificado y que traen en la negritud de la noche más oscura, como un ascua de luz los cuatro hachones que anuncian que Dios ha muerto en la Cruz.
Y hay costaleros que portan todo el peso de la historia sobre sus hombros, que tras el muñidor que congela las manecillas del reloj, reparten sobre Padul los cinco siglos de historia de la Hermandad del Señor.
Y hay costaleras tan paduleñas que las cobija el mismo manto que durante todo el año cobija a nuestro patrón, la de la Virgen de las Angustias, que derrochan desde el epicentro de las devociones paduleñas toneladas de tradición hechas patrocinio.
Y por supuesto, hay cuadrillas con acento de mujer, con la fuerza de unas cirineas que, aunque caiga tres veces, tres más lo levantan y si mil veces cayera, mil veces más les sobrarían arrestos para sostener a la mirada más sobrecogedora que pone sus ojos sobre nuestro pueblo.
Porque a fuerza y voluntad, no hay quien les empate la partida, y el ejemplo es su nueva Casa de Hermandad de la Santísima Trinidad, que no está hecha solo de hormigón, sino que se cimenta sobre el orgullo, el trabajo, la ilusión y la unión de sus cirineas.
Y el boli ha navegado sobre el papel, para volver a llevarnos a esa angosta placeta donde todo empezó para mí y no crean que fue por casualidad, es que allí están el Alpha y el Omega.
El Alpha de mis comienzos y el Omega de mis devociones, porque tú, con esa capacidad tan tuya para alistarme a todas causas me hiciste sentir que tus niñas también eran las mías.
Porque tú con esa arrolladora forma de vivir me hiciste sentir que pertenecía a todo lo que tú pertenecías.
Porque tú con esa infinita y particular forma de querernos nos has dejado buscándote en todos los recovecos de nuestra existencia.
Y es que, siendo tan pequeña, has ocupado tantísimo sitio en nuestra vida que hay miles de lugares donde ir a buscarte con la absoluta certeza de encontrarte.
Te buscaré en el rachear del Señor de las Tres Caídas, porque siempre marcarás el compás de tus niñas al caminar.
Sabré que siempre estarás sosteniendo las manos del Señor del Victoria, siendo la más estricta notaria de todas sus bendiciones.
Te encontraré en cada noche de cuaresma, de las que huelen a incienso y limpiaplata, poniéndolo todo patas arriba y consiguiendo que nadie se sienta fuera del grupo.
Te sentiré siendo el más riguroso nivel para alinear los cirios que alumbren el camino de nuestra Reina del Valle.
Te veré en cada pétalo de los que besen su manto verde de amores mientras pintas el atardecer de colores.
Serás el aire atrapado en el abrazo, que tus elegidos, los tuyos de tu foto de cada domingo de Ramos nos demos sabiéndote entre nosotros.
Serás el brillo en la mirada de todos los niños que te adoran y que siempre encontraban en ti el reflejo asegurado de la alegría.
Y te sentiré en ese pequeño terremoto de alegría que forma cuando los tuyos se juntan y como siempre, se acuerdan de tus cosas.
Porque, en cada racheo, en cada Valle, en cada golpe de llamador, en cada mirada, en cada suspiro y en cada rincón de tu casa de hermandad, siempre estarás, porque simplemente, no sé vivir sin ti.
Y estarás, cuando vuelvan a ser las cinco de la tarde del Domingo de Ramos, conmigo, a mi lado, donde el corazón siempre vuelve, a las plantas de la Virgen del Valle.
Llegados a este punto, permítanme que vuelva a los prolegómenos de esta exaltación, a los primeros párrafos en los que decía que en esto del costal caben todos los sentimientos humanos, hasta los menos buenos.
Cabe incluso la envidia, que no por ser compartida deja de ser más pequeña, y digo compartida, porque sé de sobra que mi camarada, mi amigo el de las manos blancas y las orejas plateadas, con el que tengo el privilegio de tocar a medias el martillo de la Virgen del Valle, siente lo mismo que yo.
Y es que, ¿cómo no me van a dar envidia nuestras costaleras, si son el diapasón marca el andar de la Virgen del Valle?
¿Y cómo no voy a tener celos de que Ella las haya elegido para pasearse por nuestras calles?
¿Y cómo no voy a querer tener en mis pies la magia que tienen ellas en los suyos, si son capaces de bordar de terciopelo verde hasta los estrechos balcones de la buega?
Pero, aunque les tenga envidia, todavía les tengo más admiración.
Porque no hay corazones que la quieran tanto como ellas la quieren.
Porque no hay almas que fabriquen como las suyas tantas fuerzas para nunca cansarse de mecerla.
Porque son escuela y hogar:
Abrigo de devociones
El compás que no falla
El caminar hecho oración
La sonrisa que desarma el cansancio
En definitiva:
Las guardianas de la verdad costalera,
a las que esperaré cada primavera,
para poder decirles bien fuerte:
“¡Venga de frente con Ella!”
Y a Ella déjenme que les hable para cerrar este círculo, porque lo mío con Ella no es manía ni locura, es que ni los mejores doctores, han encontrado la cura, que no venga de tu mano, Señora de las Alturas.
¿Cómo no voy a querer ser tu costalero, si eres la primera luz?
¿Y cómo no voy a soñarte en mi costal, si eres la Esperanza de toda la humanidad?
¿Y cómo no voy a querer rezarte racheando el suelo que me vio nacer, si eres el faro que alumbra mis tinieblas?
¿Y cómo no voy a quererte, si para compartir el camino pusiste en mi vida unos ojos tan verdes como los tuyos?
¿Y cómo no voy a ser tu súbdito, su eres la única corona a la que rendirle pleitesía?
¿Y cómo no voy a ser de ti, si eres quien allana mis pasos y el manto que guarda a los míos?
¿Y cómo quieren que no pierda el juicio contigo, si eres tan humilde que bajas la mirada porque sabes que si la alzaras nadie sería capaz de sostenértela?
POR ESO, SEÑORA DEL VALLE.
MIENTRAS ME QUEDEN FUERZAS PARA PISAR ESTE SUELO
SEGUIRÉ SOÑANDO CON SER,
DE TU ALTÍSIMA GLORIA,