Padul arropó a Antonio Carlos Maldonado en un pregón largo, sincero y para el recuerdo
Por Francisco Molina
Director de Padul Cofrade
Padul, 23 de marzo de 2026
El pasado 21 de marzo, Padul volvió a encontrarse consigo mismo en una de esas noches que no se viven solo como un acto dentro del calendario, sino como una cita marcada desde días antes en la conversación del pueblo, en el ambiente de la calle y en la expectación de quienes saben que la Semana Santa empieza también así: escuchándose. El XXXVII Pregón Oficial de la Semana Santa de Padul, celebrado en el Centro Cultural Federico García Lorca, reunió a un público numerosísimo, respetuoso y entregado, que llenó el recinto y acompañó cada momento con la atención y el aplauso que merecía la ocasión.
El encargado de poner voz a esta edición fue Antonio Carlos Maldonado Medina, que no se limitó a cumplir con el cometido de anunciar la Semana Santa de 2026, sino que dejó sobre el atril un pregón de largo recorrido, de más de una hora de duración, profundamente personal, muy de dentro y pronunciado exactamente como lo había sentido y escrito. Quienes acudieron al centro cultural no escucharon un texto acomodado ni una exaltación de fórmula. Escucharon a un pregonero que quiso hablar con verdad, con emoción y con la libertad de quien conoce bien aquello de lo que habla. En el propio texto, Antonio Carlos dejaba claro su planteamiento desde muy pronto al afirmar que “un pregón no es una exaltación”, y esa idea atravesó buena parte de su intervención.
El desarrollo del acto estuvo conducido por Manuel Puerta, mientras que María Estela Paniza, pregonera de la Semana Santa de Padul 2025, fue la encargada de presentar al pregonero de este año, en un relevo lleno de sentido y muy bien encajado dentro de la noche. La presentación oficial del acto ya contemplaba expresamente ese momento en el que Estela cedía simbólicamente el testigo a Antonio Carlos, reforzando esa continuidad tan reconocible en la tradición cofrade paduleña.
También la música tuvo un peso importante en el desarrollo de la velada. Según el guion inicial del acto y la posterior nota de modificaciones, la Banda de Padul, dirigida finalmente por José Cruz, interpretó primero Una corona de esperanza, y después acompañó junto al coro rociero Al-Badul otras piezas previstas para la noche, alterándose así el orden inicialmente establecido. Tras ello llegaron las entregas de recuerdos a ambas formaciones, la presentación del pregonero y, ya al final, la entrega del texto a su hermandad, el recuerdo de su corporación, el detalle de la Federación y el cierre a cargo de Sergio Palomares. Todo transcurrió con ritmo, sin vacíos y con la sensación de que cada pieza ocupaba su sitio dentro de una noche muy medida.
Antonio Carlos arrancó el pregón con uno de los pasajes más certeros y más fácilmente reconocibles para quienes lo escuchaban. Lo hizo regresando a la niñez, a un terreno de olivos, a un palé, a dos tablas y a unos clavos con los que, jugando, acabó naciendo lo que él mismo definió como “mi primer paso de Semana Santa”. Aquel comienzo tuvo la virtud de poner al público dentro desde el primer momento. No era un adorno literario ni una forma vistosa de arrancar. Era una escena de verdad. Era la semilla de una vocación cofrade que en el texto aparecía unida a la infancia, a la familia, al juego y al despertar de una manera de sentir que luego ha acompañado al pregonero hasta hoy.
Desde ese arranque, el pregón fue creciendo como una mirada muy personal a la Semana Santa de Padul y al propio pueblo. No tardó Antonio Carlos en dejar algunas de las frases que mejor resumen el tono de su intervención. Entre ellas, una que conectó de forma especial con la identidad local: aquí, dijo, “cada esquina es una revirá”. En ese pasaje, uno de los más aplaudidos y mejor construidos del texto, intentó explicar qué tiene Padul que cuesta tanto traducir a quien no es de aquí. Y lo hizo apelando a las calles, a las chicotás, a la música, a los tambores, a la Cuaresma, a la memoria colectiva y a ese orgullo tan propio con el que este pueblo vive sus tradiciones.
Fue precisamente en ese bloque donde el pregonero dejó algunas de las páginas más pegadas a la realidad diaria de las hermandades. Antonio Carlos habló de las cuotas, de las barras, del andamio, de las flores, de los talleres, de la lotería, del esfuerzo económico, del trabajo silencioso y de todo lo que hay detrás de una Semana Santa que a veces se contempla solo desde fuera, sin reparar en lo mucho que cuesta sostenerla. No lo hizo desde el victimismo, sino desde la claridad de quien sabe bien cómo funciona todo eso por dentro. Cuando recordó que aquí no es Semana Santa solo cuando huele a incienso, sino durante todo el año, puso voz a algo que cualquier cofrade paduleño reconoce sin necesidad de que se lo expliquen.
El pregón fue pasando después por distintas hermandades, escenas y advocaciones, trazando un recorrido que no se limitó a enumerar imágenes o momentos del calendario. Antonio Carlos buscó en cada una de ellas una enseñanza, una emoción o una reflexión. A veces desde la poesía, a veces desde el costal, a veces desde la crítica y a veces desde la propia experiencia. Ahí residió buena parte de la fuerza del texto: en que no quiso quedarse en la superficie de la estampa, sino entrar en lo que cada escena significa para quien la vive desde dentro.
Muy cercano resultó todo el tramo de la hermandad propia, en el que la Casa Hermandad apareció como lugar de trabajo, de espera, de convivencia y también de oración. Antonio Carlos habló de ese espacio desde la experiencia real, no desde la pose. Habló del tiempo compartido, de las conversaciones, de los amigos, del compromiso, de los mayores, de los chavales y de una forma de amar la cofradía que se entiende mejor desde dentro que explicada a quien nunca ha pasado por algo parecido. De hecho, uno de los pasajes más expresivos de ese bloque fue el que desembocaba en una apelación muy directa: “¡Paduleños, hay que apuntarse a las cofradías!”. Más que una frase llamativa, sonó a convicción.
No faltó tampoco el componente crítico. Y seguramente ahí estuvo otra de las claves de la noche. Antonio Carlos se detuvo en cuestiones como el relevo generacional, la relación entre mayores y jóvenes, la necesidad de comprometerse de verdad, el trabajo que no se ve y algunas inercias del mundo costalero que a su juicio merecen una reflexión seria. En uno de esos pasajes reclamó la necesidad de “seguir nuestro legado”, dejando claro que la Semana Santa no puede sostenerse solo con entusiasmo puntual ni con presencia de escaparate, sino con trabajo, memoria y responsabilidad compartida. Fue uno de esos momentos en los que el pregón dejó de ser solo emoción para convertirse también en llamada de atención.
Ese fondo crítico no restó emoción al conjunto. Al contrario. La reforzó. Porque el pregón fue alternando con naturalidad la evocación sentimental, la poesía popular, las estampas de pueblo, la reflexión íntima y la mirada incómoda sobre determinados asuntos. Todo eso sin perder el tono, sin sonar impostado y sin caer en la grandilocuencia vacía. Antonio Carlos habló como siente. Y eso se notó. El público lo percibió en todo momento y respondió con un silencio muy atento y con aplausos prolongados cada vez que entendía que el momento lo pedía.
La presencia musical de la Banda de Padul y del coro rociero Al-Badul ayudó además a sostener la temperatura emocional de la noche. No fueron un simple relleno entre parlamentos, sino una parte importante del acto. Sus intervenciones aportaron aire, pausas y profundidad a una velada en la que palabra y música caminaron de la mano. La presentación oficial ya ponía en valor expresamente la trayectoria de ambos colectivos y su papel dentro de la cultura y la Semana Santa de Padul.
Tras la lectura del pregón llegaron los momentos finales, también cargados de significado. Antonio Carlos hizo entrega del texto a Antonio “Reque”, en nombre de la Hermandad de la Flagelación, siguiendo una tradición muy querida dentro de su corporación. Después recibió el recuerdo de su hermandad y, más tarde, el de la Federación de Cofradías, antes de que Sergio Palomares cerrara el acto. La presentación escrita del pregón ya explicaba que esa entrega del texto se realizaba como un gesto de memoria y custodia dentro de la hermandad, y la nota posterior de correcciones confirmó además que ese fue el orden real con el que concluyó la noche.
Más allá del protocolo, de la música y de los reconocimientos, lo cierto es que Padul vivió una noche de las que dejan poso. Una noche larga, sí, pero en ningún caso pesada. Al contrario. El pregón de Antonio Carlos Maldonado fue capaz de sostenerse por la sinceridad con la que estaba escrito y por la verdad con la que fue dicho. Hubo emoción. Hubo personalidad. Hubo conocimiento del mundo cofrade. Hubo frases con fuerza. Y hubo también esa mezcla de orgullo, ternura y crudeza que solo aparece cuando quien toma la palabra no lo hace para salir del paso, sino para contar de verdad lo que lleva dentro.
El XXXVII Pregón de la Semana Santa de Padul ya forma parte de la memoria reciente del pueblo. No solo por su duración, que batió de largo el registro habitual de este tipo de actos en la localidad, sino porque dejó la impresión de haber asistido a algo sincero, reconocible y hondamente paduleño. Antonio Carlos Maldonado no subió al atril a agradar a todo el mundo. Subió a decir su verdad cofrade. Y cuando eso se hace con emoción limpia, con valentía y con sentimiento, el pueblo lo nota. Y lo agradece.