Antonio Cristóbal Juárez Soto puso voz al sentimiento costalero de Padul en una mañana para el recuerdo
Por Francisco Molina
Director de Padul Cofrade
Padul, 8 de marzo de 2026
Padul ha vuelto a encontrarse este domingo con una de esas citas que no necesitan artificio para emocionar. El Centro Cultural Federico García Lorca acogió en la mañana del 8 de marzo la VII Exaltación al Costaler, un acto que reunió a representantes municipales, miembros de la Federación de Cofradías, hermandades, costaleros, familiares y numerosos vecinos que quisieron acompañar una convocatoria ya plenamente asentada en el calendario cofrade del municipio.
Desde bastante antes del comienzo se respiraba ambiente de día señalado. La sala presentaba una gran entrada y el público acudía con esa mezcla de respeto, expectación y cercanía que suelen tener los actos que se sienten como propios. No era una mañana cualquiera. Era una mañana para hablar de Padul, de su gente, de sus cuadrillas y de una forma concreta de vivir la Semana Santa desde abajo, desde el esfuerzo, desde la trabajadera y desde la memoria compartida.
La conducción del acto estuvo a cargo de Lucía Medina Moreno, que supo llevar el hilo de la mañana con naturalidad, serenidad y buen tono. Su intervención sirvió para dar la bienvenida a los asistentes y para situar el sentido de una cita que, más allá de su dimensión institucional, tiene un claro valor sentimental para muchos paduleños. También hubo palabras de reconocimiento para quienes forman parte del mundo del costal, para las hermandades y para quienes sostienen año tras año la vida cofrade del pueblo.
Uno de los detalles que ayudó a dar personalidad al acto fue la cuidada escenografía dispuesta sobre el escenario. Junto al atril de la Federación podían verse distintos elementos muy vinculados al mundo costalero: un costal, un llamador, prendas de hermandad y otros símbolos fácilmente reconocibles para cualquiera que conozca de cerca la Semana Santa de Padul. No era un simple decorado, sino una forma de llevar al escenario una parte del lenguaje de las cuadrillas, de hacer visible una identidad muy concreta y muy nuestra.
La parte musical de la mañana tuvo un peso destacado. La Asociación Músico Cultural San Sebastián de Padul aportó solemnidad y empaque al desarrollo del acto, contribuyendo a crear el clima adecuado para una cita de estas características. Su presencia volvió a dejar claro el papel fundamental que la música desempeña dentro de la vida cofrade paduleña, no solo acompañando las estaciones penitenciales, sino también dando cuerpo a los momentos de encuentro, homenaje y memoria.
El centro de la jornada estaba, no obstante, en la intervención del exaltador, y Antonio Cristóbal Juárez Soto respondió plenamente a lo que muchos esperaban de él. Su exaltación fue cercana, sentida, reconocible y profundamente vinculada a la experiencia de la costalería paduleña. No buscó el exceso ni la grandilocuencia, sino que prefirió apoyarse en la verdad de lo vivido, en la huella de la familia, en los recuerdos de infancia, en el aprendizaje recibido y en el valor humano que encierra el hecho de cargar con un paso.
A lo largo de su intervención fue desgranando una visión del costalero que iba mucho más allá del mero esfuerzo físico. Habló del compañerismo, del sacrificio, de la obediencia, del relevo generacional, del respeto a quienes enseñaron antes y del orgullo de formar parte de una tradición que se transmite de unos a otros casi como una herencia íntima. Su discurso conectó con facilidad con el público precisamente porque no se quedó en lo abstracto: partió de vivencias concretas, de nombres, de escenas y de emociones que muchos de los presentes podían reconocer como propias.
En sus palabras hubo espacio para la familia, para la fe, para la formación recibida dentro y fuera de las hermandades y para el valor del costal como escuela de vida. También estuvieron presentes distintas realidades de la Semana Santa de Padul, con referencias que tocaron de cerca a quienes han compartido con él años de trabajo, ensayo, salida procesional y compromiso cofrade. La exaltación fue, en ese sentido, un testimonio personal, pero también un retrato colectivo de muchas personas que han hecho grande esta faceta de nuestra Semana Santa.
Uno de los aspectos más destacados de la intervención fue su capacidad para ensanchar el foco. Antonio Cristóbal no habló solo de sí mismo ni de su propia trayectoria, sino que supo convertir su vivencia en una mirada más amplia sobre lo que significa ser costalero en Padul. Habló de los que están, de los que estuvieron, de quienes enseñaron, de quienes empiezan y también de quienes, por distintas circunstancias, ya no pueden vivir estas experiencias del mismo modo, pero siguen llevando dentro ese vínculo con sus titulares, con su cuadrilla y con su pueblo.
El público siguió la intervención con atención y emoción evidentes. Hubo momentos de silencio muy elocuente, de esos que solo se producen cuando un auditorio se reconoce en lo que escucha. Y también hubo instantes especialmente sentidos al evocarse nombres, recuerdos y valores que forman parte del patrimonio sentimental de muchas familias paduleñas. La exaltación consiguió así lo más difícil en este tipo de actos: sonar verdadera, cercana y limpia de artificio.
Tras la intervención del exaltador llegaron los reconocimientos. La alcaldesa de Padul, Celia Villena de Francisco, tomó la palabra para agradecer públicamente la aportación realizada y poner en valor tanto el contenido de la exaltación como el significado del propio acto dentro del calendario cofrade local. Sus palabras dieron paso a la entrega de un recuerdo conmemorativo a Antonio Cristóbal Juárez Soto, en un gesto que quiso dejar constancia del agradecimiento institucional y del cariño recibido por parte del pueblo.
A ese homenaje se sumaron posteriormente otras muestras de afecto y reconocimiento, en una mañana marcada por la cercanía y por un tono humano que estuvo presente de principio a fin. Todo ello reforzó la idea de que la exaltación no había sido solo una intervención pública, sino también una manera de devolver a Antonio Cristóbal parte del afecto que él mismo había sabido despertar y transmitir desde el atril.
El broche musical correspondió a la Banda de Cornetas y Tambores de Nuestro Padre Jesús Despojado de Granada, cuya actuación cerró el acto con la fuerza y solemnidad propias de una formación de su nivel. Su presencia puso un final a la altura de una mañana muy completa, bien medida en sus tiempos y cargada de contenido emocional. El aplauso final, largo y sentido, terminó de confirmar que Padul había vivido una de esas jornadas que dejan poso.
También resultó muy significativo el detalle del recuerdo entregado al exaltador, una pieza que representaba a dos costaleros en el momento de colocarse el costal, con uno ayudando al otro. La imagen, sencilla pero muy expresiva, resumía de algún modo todo lo vivido durante la mañana: el compañerismo, la transmisión, la ayuda mutua, el aprendizaje y la hermandad como base de una forma concreta de entender la costalería.
La VII Exaltación al Costalero de Padul volvió a demostrar así que este acto tiene ya un lugar propio dentro de la Cuaresma local. Más allá de su formato, de la música o de las intervenciones, lo que queda es el fondo: el reconocimiento a quienes sostienen una parte esencial de nuestra Semana Santa y la capacidad de Padul para mirarse a sí mismo desde la emoción, desde la verdad y desde el orgullo de pertenencia.
Porque si algo quedó claro en esta mañana del 8 de marzo es que la costalería paduleña no se explica solo desde el esfuerzo físico ni desde la estética de una salida procesional. Se explica, sobre todo, desde la memoria, desde la entrega y desde una forma de querer a Padul que pasa también por ponerse debajo de un paso y echar a andar.